Ricardo Ávila

Un gran paso adelante

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
mayo 28 de 2013
2013-05-28 03:57 a.m.
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Hay dos maneras de mirar el acuerdo al que llegaron el Gobierno y las Farc en La Habana sobre el tema del campo. De un lado, la optimista, según la cual las conversaciones superaron el asunto más complejo de todos, el mismo que tuvo que ver con la génesis del conflicto interno. Bajo ese punto de vista, el avance de los diálogos no tiene precedentes y sube las posibilidades de que el proceso concluya felizmente, asegurando, de paso, el desarrollo de las zonas rurales.

La otra forma de analizar las cosas es la pesimista. De acuerdo con esta postura, hubo humo blanco alrededor de una serie de puntos cuya importancia nadie pone en discusión: acceso y uso de la tierra, formalización de la propiedad o políticas alimentarias y nutricionales, entre otros. El problema es que, como bien dice el refrán, ‘el diablo está en los detalles’, y mientras estos no se conozcan o definan, será imposible celebrar el anuncio.

Por contradictorio que suene, ambas posturas tienen algo de razón. Es verdad que haber superado el primer gran escollo constituye un salto descomunal y aumenta las probabilidades de que en unos meses se despejen los demás puntos pendientes. No se equivocan quienes afirman que en esta oportunidad se ha recorrido mucho más camino que en los pasados intentos de paz, pues aparte de la retórica y los comunicados, hay elementos sustantivos que merecen destacarse.

Entre estos, ninguno resulta más loable que el propósito de cerrar la brecha que hoy divide a las zonas urbanas de las rurales. Las más diversas mediciones confirman que en lo que respecta a miseria, pobreza, distribución del ingreso, cobertura y calidad de servicios públicos, y oportunidades en general, existen, en la práctica, dos Colombias. La que habita en las ciudades dista de ser perfecta, pero al menos ofrece una posibilidad de mejoría a millones de personas, algo que resulta mucho más difícil para los que viven en las áreas más apartadas, condenados al atraso por la falta de infraestructura y la ausencia de posibilidades de progreso.

Pero esa no es la única causa. También es evidente una desidia oficial que lleva generaciones y se expresa en abusos repetidos, originados en una información que solo puede calificarse de precaria. Resulta inconcebible, por ejemplo, que no se sepa con claridad quién es dueño de la tierra o cuál es el inventario de baldíos con que cuenta el Estado. Tampoco existe un censo nacional agropecuario desde hace 24 años, lo que hace imposible precisar qué se cultiva y en dónde.

Tales falencias sirven para entender por qué, en un mundo en el que la demanda por comida no ha hecho más que aumentar –y con ella los precios de los alimentos–, el país no haya podido incrementar su área sembrada de forma significativa. Todo esto, a pesar de contar con una gran variedad de pisos térmicos y una riqueza hídrica que es única en el planeta. Mientras otras naciones latinoamericanas se han convertido en potencias en esta materia, Colombia sigue a la retaguardia de la región.

Cortar ese nudo gordiano es indispensable en el objetivo de construir una patria más próspera y justa. Sin embargo, esto no se logrará con la reivindicación de propuestas trasnochadas, sino con una aproximación realista, fundamental para que las cosas funcionen.

Puesto de otra manera, no basta con los discursos nacionalistas, aparte de repartir parcelas o avanzar con más determinación en el propósito de restitución de tierras, devolviéndoselas a las miles de familias que fueron víctimas de abominables despojos. De manera paralela, hay que encontrar la fórmula para que mejore la economía campesina y, al mismo tiempo, garantizar que lleguen inversiones que son indispensables para mejorar la productividad agropecuaria.

Igualmente, hay que entender que la agricultura extensiva y el minifundio pueden coexistir, pues en estos asuntos una misma talla no les funciona a todos. Debido a ello, y solo hasta que tales puntos queden aclarados, será posible festejar del todo, pues no se puede olvidar que sin desconocer el paso adelante, el camino del infierno también está empedrado de buenas intenciones.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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