Ricardo Ávila

Hay que meterle el diente

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
agosto 13 de 2015
2015-08-13 03:28 a.m.
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Hacía rato que una asamblea de la Andi, como la que inicia deliberaciones este jueves en Cartagena, no despertaba tanta expectativa. Contra lo que pudiera creerse, la razón central no son los debates que van a tener lugar con respecto a la salud de la economía o del sector manufacturero, sino el clima de animadversión que parece haber surgido entre el gremio y el Gobierno. Dicho de otra manera, nadie quiere perderse la que se anuncia como una buena pelea.

Ojalá, sin embargo, esas expectativas se vean truncadas. La razón es que la situación de la actividad fabril merece mucho más que una confrontación, con el fin de darle gusto a la galería. De lo que se trata es de tener debates serios en torno a un renglón que merece mejor suerte que la vista.

Y es que el parte no es positivo. A lo largo de casi una década, Colombia ha experimentado un fenómeno de desindustrialización, más profundo y acelerado que en otros países de América Latina, en los cuales también se registraron retrocesos. El peso del segmento en la economía se ubica apenas en 11 por ciento en el 2014, tres puntos menos que en el 2002.

La causa general del deterioro fue la aparición de la enfermedad holandesa que acompañó a la bonanza en los precios de las materias primas. En la medida en que las exportaciones de petróleo y productos mineros se dispararon, tuvo lugar una apreciación del peso que golpeó a aquellas áreas expuestas a la competencia externa.

Lo anterior se combinó con el declive de Venezuela como comprador de bienes, con un buen nivel de valor agregado. Además, los costos laborales, logísticos o energéticos se sumaron a la competencia desleal, representada por el contrabando y el lavado de dólares, mediante el uso del comercio exterior.

En respuesta se intentaron diversas estrategias. Algunas se concentraron en identificar los cuellos de botella, mientras que otras le apuntaron a buscar la transformación productiva de sectores específicos, con el fin de volverlos de talla mundial. Lamentablemente, la multitud de voces e instancias no permitió establecer una estrategia ordenada y los logros han sido inferiores a las expectativas.

Además, hubo un vacío conceptual. Durante años el dicho más usado rezaba que “la mejor política industrial es la que no se tiene”, en alusión a las distorsiones que, en su momento, creó el proteccionismo y los excesos que se cometieron cuando las ayudas gubernamentales prefirieron a unos segmentos sobre otros. Bajo ese punto de vista, las oportunidades comerciales surgidas de la globalización se encargarían de hacer el trabajo.

No obstante, de un tiempo para acá las cosas comenzaron a cambiar. Entidades como el Banco Mundial o el BID, comenzaron a señalar que valía la pena meterle el diente al asunto. No se trataba de volver al pasado y subir aranceles o prohibir exportaciones, sino de eliminar barreras, bajar costos e invertir, si era el caso, en investigación para desarrollar nuevos productos.

La respuesta colombiana ante ese cambio de paradigma fue tímida. Para comenzar el tema de la industria se mantuvo relegado a un segundo plano en la agenda pública. Más de un funcionario describió en su momento a los empresarios del ramo como un conjunto de plañideras que fueron perezosos a la hora de reconvertirse.

Algunas críticas tienen fundamento. El más sólido es la comparación con las multilatinas de capital nacional que han sabido crecer, ya sea vendiendo cemento, confecciones o alimentos, y que están presentes en diversas latitudes.

Pero así estén quienes no hayan hecho la tarea, es estéril entrar en una guerra de recriminaciones mutuas. Las nuevas condiciones de la economía, abren un espacio para encontrar puntos de convergencia, orientados a buscar un renacimiento industrial que a todos nos conviene. En consecuencia, en lugar de caer en tentaciones camorreras, el Gobierno debe escuchar las sugerencias que se le trasmitan en Cartagena y actuar de manera constructiva. Y, sobre todo, concentrarse en el mensaje, no en el mensajero.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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