Ricardo Ávila

La hora de la verdad

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
diciembre 09 de 2011
2011-12-09 02:10 a.m.
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Decir que los ojos del mundo se encuentran posados hoy en el Viejo Continente no es, en absoluto, una exageración.

Y es que los mercados en las más diversas latitudes están pendientes de lo que pueda resultar de la reunión que sostienen en Bruselas los jefes de Estado y de gobierno de los 27 países que componen la Unión Europea.

La esperanza, por supuesto, es que los mandatarios de un área tan variopinta logren encontrar una fórmula de consenso que les permita manejar el problema de la elevada deuda pública que tienen algunos de sus miembros, al tiempo que consiguen salvar la moneda comunitaria, el euro, que es compartida por 17 de ellos.

El problema es que eso es más fácil de decir que de hacer, tanto por las divergencias en las angustias de cada uno, como por el complejo sistema de toma de decisiones que se adoptó para un club en el cual el poder de veto de uno de sus integrantes puede trastocar los planes de los demás.

Así volvió a quedar en evidencia en las últimas horas después de que Francia y Alemania –que fueron las piedras angulares del Tratado de Roma hace más de medio siglo– destaparan sus cartas sobre el futuro del bloque.

Todo indica que París y Berlín están de acuerdo en que exista una mayor coordinación fiscal lo cual, en la práctica, les quitaría autonomía a los países que componen la UE y centralizaría las decisiones. Al mismo tiempo, las exigencias sobre el manejo económico interno serían mucho más duras que en la actualidad para evitar excesos como los de Grecia.

La pregunta, sin embargo, es si todas las capitales están dispuestas a sacrificarse por cuenta de las angustias de unos cuantos.

Ese es el caso de Gran Bretaña cuyo primer ministro, David Cameron, ha dejado en claro que quiere ayudarles a sus vecinos, pero que al mismo tiempo desea preservar la preponderancia de Londres como centro financiero global.

En tal sentido, la idea de ceder mucha soberanía no le suena al dirigente ni al pueblo del Reino Unido que sigue teniendo actitudes ambivalentes con respecto a la integración con quienes viven al otro lado del Canal de la Mancha.

Mientras ese dilema se resuelve, hay otros temas más urgentes sobre la mesa. En concreto, sigue pendiente la fórmula para enfrentar los inconvenientes de Italia y España, cuyos bonos volvieron a perder valor ayer.

En las condiciones actuales, refinanciar los vencimientos de los títulos que expiran el próximo año sería tan oneroso que sólo ahondaría los desequilibrios que ya existen.

Por tal razón, es necesario que exista un paquete de ayuda mucho más grande que el actual o que entidades como el Fondo Monetario Internacional tengan el músculo para sacar del fango a dos economías que están entre las diez más grandes del planeta.

Lamentablemente, eso no ha sido posible todavía, como tampoco se ha abierto la puerta para que el Banco Central Europeo intervenga agresivamente y entregue los recursos que se necesitan, debido a la oposición germana. Aunque las comparaciones son odiosas, en su momento la Reserva Federal estadounidense inyectó cerca de dos billones de dólares con el fin de comprar papeles y salvar a las entidades bancarias norteamericanas.

Dicha suma es unas nueve veces más grande que la girada hasta ahora por el BCE.

Por cuenta de la indefinición, la incógnita con respecto al futuro de diversas entidades crediticias sigue presente.

Y es que la solución al dolor de cabeza de la deuda tiene que incluir una salida para los bancos que tienen millonarios recursos comprometidos en bonos griegos, italianos o españoles. Entonces, para que el nerviosismo disminuya, el mensaje que debe venir de Bruselas tiene que ser contundente y demostrar que la unidad está de vuelta. De lo contrario, esa sensación de que la recesión está detrás de la esquina seguirá hasta tanto los europeos no decidan ponerle el cascabel al gato.

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