Ricardo Ávila

La hora de la verdad

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
agosto 29 de 2014
2014-08-29 01:09 a.m.
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A lo largo de los días pasados, buena parte de los integrantes del equipo gubernamental que participan en los diálogos de La Habana con las Farc se han dedicado a recorrer el territorio nacional con el fin de informar sobre el avance de la negociación. El ejercicio es indispensable no solo para actualizar a la opinión nacional y regional con respecto al curso de las conversaciones, sino también para hacerle frente a los rumores y las afirmaciones de la oposición, interesada en descarrilar el proceso.

Aunque no es la primera vez que el oficio de poner la cara se hace, el momento actual es diferente. Y es que transcurridos casi dos años desde la primera cita formal en la capital noruega, empieza ahora la parte crucial que, de salir bien, permitiría llegar al fin del conflicto y posibilitaría los mecanismos para que la guerrilla desaparezca como movimiento armado y surja como organización política.

El desafío para que eso ocurra no es de poca monta, más allá de los retos propios de dialogar en medio de las hostilidades. Con el cambio que se produjo frente al orden de la agenda original, las partes acabaron tratando en primer lugar aquellos temas que son de interés primordial de las Farc, pero que no tocan directamente al movimiento armado.

Puesto de otra manera, el desarrollo agrario integral, la solución al problema de las drogas ilícitas o los mecanismos para promover la participación política en general, siempre pueden ser del resorte autónomo del Estado, sin que medie un proceso de paz.

En cambio, la confrontación con las víctimas es un ejercicio que le pone un rostro humano a tantas décadas de dolor, así entre quienes hayan viajado o vayan a hacerse presentes en Cuba se encuentren damnificados por otras fuentes de violencia. Para aquellos más identificados con el extremismo, siempre será fácil desdeñar este tipo de ejercicios. Pero la verdad es que su importancia es enorme, pues no solo permite entender las tragedias individuales, sino también le abre paso al perdón, que es clave para cerrar las heridas.

No menos trascendental es el paso dado al instalar una comisión técnica, encargada de examinar el cese al fuego y la consecuente dejación de las armas. Sobre este punto surgió en el país un debate, en torno a la presencia de miembros activos de las Fuerzas Armadas en la delegación. No obstante, haber dejado un tema con tantas aristas –cese del fuego, concentración de combatientes, perímetros de seguridad y otros– en manos de civiles habría sido ingenuo, por decir lo menos.

El abocarse a ese tópico es el mensaje más claro para el grupo subversivo, en el sentido de que la vía que están recorriendo va en una sola dirección, como es la de la desmovilización. Tal como lo dijo ayer en Medellín el jefe negociador por el Gobierno, Humberto de la Calle, “no existe la posibilidad de que las Farc mantengan sus armas (...). Eso es de la ultraesencia de lo que no puede pasar”.

Así las cosas, se está llegando al punto en el cual la voluntad de hacer la paz se exprese en la determinación de no hacer la guerra. Eso quiere decir que el balón está en la cancha de la guerrilla, a la cual no le queda tanto tiempo para darle largas al asunto. En la medida en que el mensaje de desarme sea inequívoco será posible analizar el espinoso punto de la participación en política y de la amnistía que puedan recibir o no los dirigentes de las Farc.

Y eso es clave hacerlo más pronto que tarde. Porque acto seguido viene un proceso de convencimiento a la opinión nacional, que no será nada fácil, pues, sin duda, implicará huesos duros de roer. “El gran reto de las conversaciones no está en La Habana, sino en Colombia”, señaló de la Calle al expresar su preocupación sobre el “nivel de polarización al que estamos llegando”. Debido a ello, es mejor que esta hora de la verdad que ya empezó a correr, no se prolongue innecesariamente.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto


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