Ricardo Ávila
Editorial

Inconcebible y probable

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
julio 11 de 2016
2016-07-11 08:51 p.m.
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Conmovedor. Ese es el adjetivo que merece lo sucedido el domingo pasado, cuando miles de venezolanos lograron pasar por unas horas a Colombia, atraídos por la posibilidad de adquirir aquellos bienes que escasean en la nación vecina.

La gran receptora de compradores fue Cúcuta, cuyos establecimientos vivieron una inusitada actividad comercial que sirvió para recordar, por un corto lapso, las épocas de auge del pasado. No obstante, a diferencia de aquellas oportunidades, nadie estaba buscando ropa o artesanías, sino azúcar, harina, papel higiénico o medicinas, elementos que faltan en los anaqueles y cuya consecución se ha vuelto imposible al otro lado de la línea limítrofe.

Falta ver si este primer experimento es el abrebocas de un proceso de normalización que llegaría un año después de que Caracas optó por cerrar los pasos legales que hay a lo largo de 2.219 kilómetros de frontera. Pocos han olvidado los atropellos de la Guardia Nacional, las casas marcadas para ser demolidas y los 20.000 colombianos que debieron cruzar trochas con sus pocos enseres a cuestas.

La masiva afluencia de venezolanos el domingo a Cúcuta es a la vez prueba y advertencia sobre la profunda crisis del país vecino.

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Pero la antipatía de los nortesantandereanos es contra el régimen chavista no contra quienes sufren las consecuencias de sus equivocadas políticas. Así lo demostraron las manifestaciones de solidaridad el 10 de julio y, claro, el interés por hacer negocios. Según la seccional de Fenalco, las ventas se triplicaron frente al promedio de una jornada dominical, sin contar los beneficios percibidos por cambistas o transportadores.

No obstante, más allá del júbilo de unos y otros, el episodio plantea desafíos que no son de poca monta. El más serio de todos es cómo manejar de manera ordenada la que tiene visos de convertirse en una verdadera crisis humanitaria, que pasa por la imposibilidad de conseguir los bienes mínimos para tener una vida digna.

La inquietud es válida a la luz de los reportes que indican que la situación va de mal en peor en tierras bolivarianas. Además de la falta crónica de divisas, la inflación hace de las suyas y el crimen no cesa, mientras que las muestras de inconformismo por la estrechez son de ocurrencia diaria. Así lo atestiguan los saqueos, cuyo combustible no es otro que la desesperación.

La incapacidad de importar insumos ha postrado a múltiples industrias de los más diversos sectores. La más reciente de la lista es Kimberly-Clark, que el sábado anunció la suspensión de actividades, tras lo cual las instalaciones de la multinacional papelera fueron ocupadas por orden del Gobierno.

Hablar de un arribo de refugiados
es algo que desafía la lógica, pero es mejor prepararse para reaccionar si es necesario.

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Aunque llegar a las vías de hecho puede servir para entretener a la opinión que sigue los medios oficiales, eso no garantiza que las máquinas se vuelvan a mover. Faltan materias primas y estas no llegarán si no hay con qué pagarlas. El Palacio de Miraflores cree que es víctima de una guerra económica orquestada por el imperialismo, pero cualquier analista con algún grado de independencia sabe que lo que hay aquí es una enorme incompetencia que solo se resolvería con una cirugía de fondo.

Y aunque es difícil creer que Nicolás Maduro logre acabar su periodo presidencial, las cosas pueden empeorar mucho antes de que empiece a vislumbrarse un cambio estructural que requeriría el apoyo de la comunidad internacional. Debido a ello, los flujos migratorios se han invertido, como lo atestigua una mayor presencia de venezolanos no solo en las áreas fronterizas, sino en las ciudades grandes de la Costa Atlántica, cuyos índices de desempleo son de los más bajos del país.

Sin embargo, una cosa es una cantidad manejable de inmigrantes y otra es la llegada masiva de refugiados movidos por el hambre. El escenario suena inconcebible, pero las probabilidades de que ocurra son cada vez mayores. Por eso, hay que estar preparados para reaccionar y ayudar de la mejor manera posible a ese mismo pueblo que, cuando era próspero, albergó a millones de colombianos.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@porttafolio.co
@ravilapinto

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