Ricardo Ávila

Indignados de indignados

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
diciembre 18 de 2011
2011-12-18 08:12 p.m.
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La semana pasada, la prestigiosa revista Time escogió como personaje del 2011 a los manifestantes que en miles de calles del mundo le han dado un nuevo significado al término ‘poder popular’. 

Desde la plaza Tahrir, en El Cairo, hasta la Puerta del Sol, en Madrid, y el parque Zuccotti, en Manhattan, verdaderas multitudes han hecho escuchar su voz de protesta, consiguiendo victorias que no son menores.

En Colombia, sin ir más lejos, los estudiantes que estaban en contra del proyecto que buscaba reformar la Ley de Educación Superior lograron el retiro de la iniciativa.

A pesar de que en la foto o en la toma de televisión todas las marchas se parecen, sería un error ubicarlas en la misma categoría.

A pesar de que el ejemplo de salir al aire libre cunde en las más diversas latitudes, es equivocado pensar que todos los movimientos son iguales y que buscan lo mismo. En consecuencia, los observadores distinguen tres fenómenos diferentes, así haya elementos comunes como el uso de las redes sociales para convocar adeptos o la notoria ausencia de líderes identificables.

El primero es el que comenzó hace un año en el norte de África, se extendió al Medio Oriente y más recientemente a Rusia.

Este tiene que ver con las aspiraciones de cambio político en sociedades en donde la opresión es la norma. De tal manera, quienes consiguieron la renovación en Túnez o la salida de Hosni Mubarak, en Egipto, no querían otra cosa que un nuevo contrato político que garantice más oportunidades y mayor apertura democrática.

Dicha aspiración no siempre ha sido fácil de lograr. Aunque Muamar Gadafi es historia, no se puede olvidar que la intervención militar que fue determinante para su fin tuvo como base el genocidio de cientos de ciudadanos libios. También en Siria o Yemen se ha llegado a una guerra civil de facto, ante la negativa de los tiranos de turno de dejar el poder. Como consecuencia, la cuota de sangre pagada ha sido muy alta.

En contraste, lo ocurrido en Europa y Estados Unidos ha sido muy diferente. La razón es que con pocas excepciones lo que ha caracterizado a los llamados ‘indignados’ ha sido la movilización pacífica.

Mas bien, el motor de la queja ha sido la certitud de la clase media de que el futuro de bienestar que alguna vez pareció estar garantizado en las sociedades más desarrolladas ya no es posible.

Indudablemente, hay un sentimiento de rabia. Esta se dirige, en particular, hacia el sector financiero, descrito como la principal causa de la crisis, debido a su apetito desmedido por el lucro, algo que queda claro entre los promotores de ocupar Wall Street. También las actividades privadas y los gobiernos salen mal librados en el juicio, pero en general lo que se escucha es la queja de personas que sienten que tienen los días contados, mientras los ricos se vuelven más ricos y los pobres son dejados a su suerte.

Por su parte, lo sucedido en América Latina es diferente. Así lo dejan en claro los casos de Chile y Colombia, en donde lo que hay es la aspiración de sectores de trabajadores y estudiantes que demandan un mejor tratamiento por parte de sociedades que son cada día más ricas.

Ese es el caso de los obreros del ramo petrolero que aspiran a salarios más altos o de los universitarios que exigen ayudas o más recursos en general para el sector.

A su manera, ambos están diciendo que es hora de repartir mejor una torta que aumenta de tamaño y no tiene que ser devorada por unos pocos.

Todo lo anterior demuestra que es equivocado confundir a los protagonistas del despertar árabe con los indignados madrileños o los jóvenes chilenos o colombianos. Pero quizás un error más grande todavía es pensar que las marchas son fenómenos pasajeros que, aparte de ser curiosos, no tienen mayor trascendencia.

Quien lo haga corre el peligro de darse cuenta demasiado tarde, cuando los vientos desatados por la movilización popular empiezan a derribar árboles de cuajo.

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