Ricardo Ávila
Editorial

La culebra está viva

El narcotráfico no ha desaparecido de la vida colombiana, recuerda un buen estudio elaborado por Planeación Nacional.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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POR:
Ricardo Ávila
noviembre 17 de 2016
2016-11-17 09:22 p.m.
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Que Colombia tiene un problema de narcotráfico, es algo que no necesita explicación. Desde hace al menos cuatro décadas, el país tiene el dudoso honor de ser una de las principales fuentes de estupefacientes en el mundo. Primero la marihuana, y después la cocaína y la heroína, fueron las responsables de incontables trastornos tanto en el terreno económico y social, como en el deterioro de las condiciones de seguridad en el campo y la ciudad.

La presencia de un buen número de organizaciones criminales vinculadas al negocio llegó a poner en jaque al Estado colombiano en épocas, afortunadamente, superadas, a costa del sacrificio de miles de personas. Hoy, la actividad persiste, pero no tiene la misma magnitud de otras épocas cuando los carteles controlaban los diferentes eslabones de la cadena.

Así lo viene de afirmar un interesante estudio del Departamento Nacional de Planeación que examina las manifestaciones de este cáncer, el cual en más de una ocasión ha hecho metástasis. El más reciente tumor maligno es la expansión del consumo interno, un fenómeno creciente con presencia no solo en las grandes capitales, sino en las poblaciones de menor tamaño.

El mensaje es que resulta imposible bajar la guardia, sobre todo ahora que hay un intento de ampliar el consumo interno.

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Quizás en lugares con menos urgencias, el diagnóstico habría servido para poner el tema de primero en la agenda gubernamental, pues aquí no solo se trata de un desafío en materia penal, sino de un asunto de salud pública. El mensaje de fondo es que si no se enfrenta el desafío con mayor contundencia, el tamaño del problema aumentará.

Las cifras son elocuentes. Según Planeación, hay 1,5 millones de consumidores habituales de drogas alucinógenas en el territorio nacional. Dos terceras partes de ese total prefieren la marihuana y más de un cuarto de millón usa la cocaína, siendo el éxtasis y el basuco las opciones que le siguen.

La creciente demanda es ‘atendida’ por al menos 600 bandas, que son las que manejan el microtráfico en pueblos y ciudades. El valor del narcomenudeo asciende a unos seis billones de pesos anuales, que equivalen al 0,75 por ciento del Producto Interno Bruto del país.

Esos números son, sin embargo, una parte minoritaria del problema. La mayoría de lo que se cultiva, procesa o elabora se va a otras latitudes, debido a que la capacidad de absorción es mayor, aunque la utilidad al vender internamente es mayor.

Las sumas más grandes las mueve la economía de la coca. De acuerdo con el trabajo mencionado, el potencial de producción de cocaína es de unas 650 toneladas anuales, de las cuales el año pasado se pudieron incautar 252.

Aun así, la diferencia entre lo que vale elaborar un kilogramo del alcaloide y venderlo en un destino internacional es tan grande que la rentabilidad es del 260 por ciento al entregar el polvo blanco al mayorista. Como nota al margen, vale la pena mencionar que en tiempos de Pablo Escobar el rendimiento subía al 2.800 por ciento.

Tal vez, por esa circunstancia, el peso del narcotráfico en la economía es menor que antes y ascendería a 2,5 por ciento del PIB. Las sumas involucradas –20 billones de pesos– no son despreciables, por lo cual ignorar el tamaño del problema sería un craso error.

Debido a ello, vale la pena escuchar el campanazo sobre la presencia de un monstruo de muchas cabezas que ha sido capaz de mutar y encontrar resquicios para extender sus tentáculos. El mensaje de fondo es que resulta imposible bajar la guardia, sobre todo ahora que hay un claro intento de ampliar el consumo interno.

Episodios como el desalojo de la zona del ‘Bronx’ en Bogotá son sintomáticos de hasta dónde puede llegar la degradación de la condición humana, cuando las alertas no se escuchan a tiempo. Para que esos casos no se vuelvan endémicos es obligatorio hacer sonar las alarmas, pues la culebra está viva y será necesario un esfuerzo de muchos años si se trata de eliminarla.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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