Ricardo Ávila
Editorial

La hora cero de la tributaria

La etapa que comienza es crucial para que las cuentas fiscales sean sostenibles y el país consiga avanzar en competitividad. 

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
octubre 17 de 2016
2016-10-17 07:45 p.m.
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Con la llegada de la hora cero para la reforma tributaria, empiezan a subir de volumen los cuestionamientos en torno a la necesidad de una propuesta que busca no solo simplificar el sistema vigente, sino aumentar el recaudo gubernamental. Desde antes de que se conozca el articulado, las baterías se han dirigido en contra de cualquier iniciativa que busque ampliar la base de contribuyentes e introducir gravámenes adicionales.

El argumento más elemental de todos es señalar que ningún apretón sería necesario si se le pusiera un tatequieto a la corrupción, y que el sacrificio exigido podría obviarse a cambio de acabar con la conocida ‘mermelada’. La impresión de que la plata sí está, pero se va en dádivas o gastos injustificables, deslegitima cualquier intento de aumentar las cargas, por lo cual el esfuerzo que deberá hacer el Ejecutivo para conseguir las mayorías en el Congreso, no será fácil.

La etapa que comienza es crucial para que las cuentas fiscales sean sostenibles y el país consiga avanzar en competitividad.

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Más complejo todavía será convencer a la opinión de que el esfuerzo vale la pena. El intento de aumentar el número de declarantes de renta, combinado con el propósito de formalizar a los tenderos y hacer más progresivos los pagos de los asalariados, generará rechazos, para no hablar de los incrementos en el IVA. Convocar a la movilización con el fin de que el Gobierno pierda respaldo en el Capitolio, será tentador para la oposición, o para quien quiera pescar en río revuelto.

Vale la pena recordar cuál es la génesis del problema. Desde el punto de vista de los ingresos gubernamentales, el desplome en los precios del petróleo nos salió costoso, pues, en comparación con lo visto en el 2013, se ‘esfumaron’ cerca de 24 billones de pesos en rentas.

Un primer intento de parar la hemorragia tuvo lugar en el 2014 cuando se aprobó una reforma que trajo algo más de dinero. Lamentablemente, el texto aprobado, un par de años atrás, no solo introdujo tributos temporales, sino que castigó, en especial, a las empresas, cuyas obligaciones fiscales son las más elevadas de América Latina. Vista en perspectiva, la Ley 1739 distó de ser un buen remedio, pues aparte de resultados discutibles en recaudos, ayudó a alejar los capitales, que se vieron atraídos por otros destinos.

Por otra parte, la fórmula de la austeridad viene siendo aplicada desde hace varios ejercicios. Las cifras oficiales muestran que los gastos del Gobierno –excluyendo los intereses– pasaron de representar el 16,9 por ciento del Producto Interno Bruto en el 2013 al 15,1 por ciento en el 2017. El mayor impacto lo sintió la inversión pública, que acaba siendo el trompo de poner en tiempos de estrechez y está muy por debajo del promedio reciente.

Hay que combatir la corrupción y el desperdicio de los dineros públicos, pero los ingresos estatales son insuficientes.

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Y el escenario de aquí al final de la década es aún peor. En caso de que no se haga nada, los ingresos públicos seguirán cayendo, debido a que desaparecerían varios impuestos, ante lo cual habría que apretar el cinturón en diversos puntos adicionales, algo que obligaría a acabar con decenas de programas, o reducir la nómina estatal de forma sustancial.

Como si lo anterior fuera poco, las consecuencias de cruzarse de brazos implicarían la pérdida del grado de inversión, elevando el costo de la deuda pública y privada. El riesgo de un ajuste a las malas es demasiado alto como para correrlo, y quien lo dude no tiene más que observar lo que le sucedió al Brasil, inmerso en una recesión que todavía no termina.

Por lo tanto, es mejor hacer las cosas bien y entender que este es el momento de enmendar la plana y hacer la cirugía de fondo que tantos expertos han recomendado.
La etapa que este martes comienza es crucial para que las cuentas gubernamentales sean sostenibles y el país consiga avanzar en competitividad. No existe duda de que hay que combatir la corrupción y el desperdicio de los dineros públicos, pero esa labor no se contrapone con la de contar con un sistema tributario mucho más equitativo, progresivo y eficiente, en el cual los justos no paguen por los pecadores.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ricavilapinto

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