Ricardo Ávila

Lecciones de otras tierras

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
febrero 20 de 2014
2014-02-20 03:33 a.m.
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El nombre coloquial que recibió el encuentro fue ‘la cumbre de los tres amigos’. Sus protagonistas se dieron cita ayer en la ciudad mexicana de Toluca e incluyeron al anfitrión, Enrique Peña Nieto, y a sus homólogos, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, además de las delegaciones de los tres países que integran el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan), conocido en inglés como Nafta.

A lo largo de horas, los mandatarios citados hablaron sobre la forma de estrechar los lazos de un pacto que el pasado primero de enero cumplió 20 años de haber entrado en vigencia. Según los reportes, aparte de las sonrisas, los apretones de manos y los lugares comunes en las declaraciones hechas, los avances reales brillaron por su ausencia. Esto, en buena parte, por la reticencia de Washington a ceder a las peticiones de Ottawa con respecto a la construcción de un oleoducto valorado en 5.400 millones de dólares que llevaría petróleo desde los depósitos canadienses del estado de Alberta hasta las refinerías estadounidenses ubicadas en las costas de Texas y Luisiana.

Dicho irritante no es el único. Desde hace tiempo, los mexicanos se quejan de los controles en la frontera con su vecino del norte, que cuestan miles de millones de dólares en demoras. Además, cada uno de los socios del acuerdo tiene peticiones –o mejor, quejas– que van desde asuntos migratorios, hasta regulaciones sanitarias, pasando por la política de compras estatales, por parte de los otros dos.

Aun así, nadie quiere volver atrás. El motivo es que desde el punto de vista comercial, el Tlcan es un éxito indiscutible. Según las cifras, el intercambio bilateral entre Canadá y Estados Unidos se triplicó en las pasadas dos décadas, llegando a 632.000 millones de dólares en el 2013. Y en el caso de este último y México, el aumento fue de más de seis veces, alcanzando 507.000 millones de dólares el año pasado.

Para sus defensores, el esquema ha permitido el desarrollo de cadenas de valor, con eslabones en los tres países. Debido a ello, la competitividad de la zona ha aumentado sustancialmente y ha fortalecido no solo el espíritu empresarial, sino el desarrollo tecnológico y la implantación de sistemas más eficientes de manufactura y distribución.

No obstante, los análisis realizados con ocasión del aniversario del tratado han dejado en claro que no existe un consenso sobre sus beneficios, y que, de hecho, algunas de las promesas hechas en un comienzo no se concretaron. Por ejemplo, en Estados Unidos siguen presentes las voces que culpan al esquema de la pérdida de 700.000 empleos industriales que se habrían ido al sur del río Grande. A su vez, en México se insiste en que la apertura del sector agrícola incidió de manera determinante en un aumento en las tasas de emigración, pues cerca de un millón de campesinos habrían sido desplazados de la actividad por las importaciones de comida.

Pero más allá de hacer un balance detallado por cuenta de un ensayo que ha dejado un saldo de ganadores y perdedores, tal vez lo más importante es tener en cuenta varias lecciones del Tlcan. Ese ejercicio es especialmente importante para Colombia, cuyo proceso de apertura y firma de pactos comerciales es más reciente.

En consecuencia, un mensaje es que el impacto de los TLC es menos determinante de lo que se dice sobre la salud de una economía. En otras palabras, no se producen las quiebras generalizadas de las que hablan algunos, ni los ríos de prosperidad que promulgan otros. Otra enseñanza es que no basta con bajar los aranceles, sino que hay que invertir en romper otros cuellos de botella. Una tercera tiene que ver con la calidad de las instituciones. Y la final, es que hay que tener en cuenta la competitividad y productividad, que son los conceptos que a la postre influyen en el crecimiento de un país. Con o sin firma de TLC.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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