Ricardo Ávila

Un legado imborrable

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
marzo 17 de 2015
2015-03-17 01:08 a.m.
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La noticia llegó en la noche del sábado, pero eso no fue óbice para que decenas de empresarios, con el Presidente de la República a la cabeza, se dieran cita al día siguiente en la Catedral de Medellín para darle un último adiós a Nicanor Restrepo. La multitudinaria asistencia en la ceremonia puso de presente la importancia de un hombre que se había jubilado hace más de una década, pero cuya relevancia nunca pasó a segundo plano.

Es claro que el homenaje del que fue objeto no tuvo que ver con los números de un balance, ni mucho menos con una declaración de renta abultada. Al fin de cuentas, se trataba de un exempleado, como él mismo se encargaba de recordarlo, con sorna, cuando se le pedía que hablara de su exitosa carrera.

Por lo tanto, la explicación hay que buscarla en otros ámbitos e identificar méritos diferentes, sin desconocer que fue un administrador de primera línea, que cumplió a carta cabal con las responsabilidades que se le encomendaron. Tales atributos fueron los que le merecieron ser distinguido con el Premio Portafolio a la vida y obra, a finales del 2012.

En sus palabras de agradecimiento, en aquella ocasión, señaló algo que siempre puso en práctica: que el rol de quien trabaja en el sector privado debe tener en cuenta un campo mucho más amplio que el de la compañía en que se desempeña. Antes de que el profesor Michael Porter diera a conocer sus escritos sobre la responsabilidad social y el valor compartido, este ingeniero paisa los puso en práctica a lo largo de 38 años de carrera profesional.

Pero no solo eso, Nicanor Restrepo también fue un referente moral. Justo en la época en que en Colombia soplaban los vientos del dinero fácil y el narcoterrorismo quería doblegar a la sociedad, predicó con el ejemplo. Su mensaje consistió en dejar claro que de poco valían las utilidades, si estas no eran el resultado de la dedicación y de la honestidad, algo que incluye tratar bien a los empleados y pagar íntegramente los impuestos.

No era enemigo del servicio público. Temprano en su trayectoria optó por salirse de una multinacional para aceptar un cargo en la Caja Agraria, que, en su decir, le aportó en su conocimiento del país. Siempre respetó a los empleados estatales, a quienes defendía por su dedicación y consideraba que el término ‘puerta giratoria’, con el que se critica a quien va de un lado a otro, tenía mucho de peyorativo.

Por otra parte, insistía en que el propósito del retiro no debía ser otro que el de restituir lo recibido. Hablaba de una deuda social a título personal, que pagó con creces en estos últimos años. Para hacerlo se preparó a conciencia, obteniendo incluso un título de doctorado, pues siempre consideró el hábito de estudiar como la única vía posible para resolver, en parte, las limitaciones del conocimiento.

Una de sus facetas más claras surgió cuando participó en varios procesos de paz. En sus palabras, señaló que su labor en pro de una salida política al conflicto interno tenía que ver con la “convicción absoluta de que la solución llegará por esa vía.”

En cambio, era menos conocido su trabajo de maestro, más allá del papel que jugó en la universidad Eafit. Pero esa obsesión por formar a las nuevas generaciones, por contagiarles sus valores, experiencias y conocimientos a quienes se desempeñaron a su lado o bajo su mando, es posiblemente la que se seguirá transmitiendo de generación en generación.

A su manera, el nombre de Nicanor Restrepo queda inscrito en el panteón de los grandes empresarios, no solo por haber sido clave para el fortalecimiento del entonces llamado Sindicato Antioqueño –un emporio en el que la meritocracia funciona y triunfa–, sino por ir más allá de lo que le correspondía. O por ser, para decirlo en pocas palabras, una persona decente que amó a su país y a su región profundamente. Y eso, por simple que parezca, es algo que Colombia necesita en abundancia.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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