Ricardo Ávila
Editorial

Los émulos de Trump

A Colombia le parece muy bien que sus hijos prueben suerte en otras tierras, pero muy mal que sean los de otras tierras los que vengan.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
noviembre 14 de 2016
2016-11-14 09:07 p.m.
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A finales de agosto, el economista venezolano Ricardo Hausmann escribió un artículo titulado ‘Los admiradores extranjeros de Trump’. El texto del director del Centro para el Desarrollo Económico de la Universidad de Harvard se refería a las políticas migratorias de Chile y Colombia, quizás los países más restrictivos de América Latina a la hora de aceptar extranjeros en su territorio.

Según el académico, la práctica de negarse a abrir la puerta, aparte de ser moralmente cuestionable, resulta ser un pésimo negocio para las sociedades mencionadas. El motivo es que diversos estudios señalan que los venidos de afuera dejan un saldo neto positivo en aquellos lugares en donde se instalan, pues pagan más impuestos, crean riqueza y son más emprendedores que los locales.

Tales planteamientos generaron un amplio debate en la nación austral, cuyo crecimiento económico reciente se ubica en el terreno de la mediocridad y que examina formas de recuperar el camino perdido. Sin embargo, a pesar de que las estadísticas colombianas son mucho peores, en el llamado país del Sagrado Corazón nadie se dio por enterado.

Afortunadamente, Hausmann volvió a poner el tema en una entrevista que salió publicada en El Tiempo del domingo pasado. Citando cifras del Banco Mundial, señala que la proporción de nacidos en el extranjero que habita en Colombia equivale al 0,2 por ciento de la población, una tasa que palidece ante el 13 por ciento de Estados Unidos, o el 27 por ciento de Australia.

Semejante proporción contrasta con el hecho de que tenemos una diáspora de tamaño significativo. Los estimativos sobre el número de connacionales que viven en otras latitudes oscilan entre 2,5 y 4 millones de personas, aunque algunos hablan de números mayores. Destinos como Venezuela, Estados Unidos y España figuran en los primeros lugares, aunque prácticamente no hay lugar del globo en donde no se encuentre un compatriota.

A la luz de esa realidad, suena aún más increíble que instalarse aquí sea todo un desafío para quien quiera hacerlo. Las historias que cuentan aquellos que han podido sacar su cédula de extranjería pintan un universo kafkiano en el cual las filas eternas y los trámites absurdos son la constante.

Nadie sabe a ciencia cierta la razón por la cual Colombia es un sitio que hace lo que está a su alcance para desestimular la inmigración. Los estudiosos de la historia recuerdan que Luis López de Mesa, canciller del gobierno de Eduardo Santos, era abiertamente contrario a la llegada de extranjeros. La mezcla de intolerancia religiosa, con el temor a ver gente de otras costumbres en el territorio, llevó a que muy pocos europeos pudieran instalarse aquí durante la Segunda Guerra Mundial.

Con el paso de los años, la teoría que imperó era que nadie en su sano juicio optaría por venir a vivir en un sitio que su propia élite despreciaba. El aumento en los índices de violencia nos ubicó entre aquellos países poco atractivos para emigrar, según lo revelaron en su momento diversos sondeos.

Quizás como reflejo a esos planteamientos, la burocracia impuso la política de reservarse el derecho de admisión, llevada al extremo. Durante la administración Gaviria, hace un cuarto de siglo, la idea de abrir puertas llegó a discutirse en el Consejo de Ministros, pero prontamente fracasó por cuenta de requisitos y procedimientos.

Ahora, esa manera de actuar vuelve a mostrar sus fallas ante las solicitudes de los venezolanos que desean instalarse aquí. Una vez más, la autoridad discrecional del funcionario de turno vuelve a imponerse para dejar en claro que a Colombia le parece muy bien que sus hijos prueben suerte en otras tierras, pero muy mal que sean los de otras tierras los que vengan.

Una conocida campaña para promover al país como destino señalaba que “el riesgo es que te quieras quedar”. Lo que no contó es que eso entra prácticamente en el terreno de los imposibles.

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