Ricardo Ávila

Luces y sombras

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
marzo 11 de 2014
2014-03-11 02:58 a.m.
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En un país en el cual hablar de política casi que tiene la categoría de deporte nacional, no cesan los análisis en torno a los resultados de las elecciones del domingo pasado. Dependiendo a quien se le pregunte, el balance fue malo, regular o bueno, una respuesta que normalmente se ve influenciada por las preferencias personales del interrogado.

En consecuencia, aquellos que respaldan al Gobierno señalan que las bancadas que componen la Unidad Nacional salieron triunfadoras, pues en conjunto La U, los liberales y Cambio Radical, consiguieron 47 senadores de un total de 102 y 92 representantes a la Cámara de 166 en disputa. Si a ese grupo se les unen los conservadores, cuyo futuro todavía es incierto, la mayoría de las colectividades cercanas a la Casa de Nariño tendrían cómo imponer su voluntad en el Capitolio si Juan Manuel Santos consigue ser reelegido.

Por su parte, los que están con Álvaro Uribe dicen que el surgimiento del Centro Democrático fue el hecho político más importante de todos. Bajo ese punto de vista, el expresidente consiguió más de 30 curules en ambas Cámaras, gracias a una intensa campaña proselitista, centrada en su popularidad.

A su vez, quienes defienden la diversidad, resaltan que en esta oportunidad habrá más mujeres que nunca, y que partidos pequeños como el Polo Democrático o la Alianza Verde, siguen con una cuota parlamentaria. Ese factor, dicen, garantizará debates más profundos y voces distintas a las que normalmente se escuchan.

Por último, no faltan los que sostienen que la tan ansiada renovación fue relativamente menor y que más allá de uno que otro barón electoral que ingresó –como se dice coloquialmente– al ‘pabellón de quemados’, los personajes oscuros de siempre permanecen. Estos son los herederos de los feudos políticos regionales o los que tienen amistades cuestionables, tanto dentro del paramilitarismo como con las bandas criminales.

Todas las opiniones mencionadas tienen mucho de razón. Pero la amalgama de esas realidades, agregándole unos cuantos elementos más, es la que da como resultado el Congreso que empezará labores el próximo 20 de julio. Con sus defectos y cualidades, sus individualidades y posturas colectivas, senadores y representantes tendrán que trabajar duro para cambiarle la imagen a una institución que es muy mal calificada por la ciudadanía.

Solo así podrán revertirse dos expresiones de descontento que también estuvieron presentes. La primera fue el elevado índice de abstención que fue cercana al 56 por ciento. Aunque no faltará quien diga que esos niveles son similares a los de otras ocasiones, vale la pena insistir en que la principal arma de legitimidad de una democracia son índices aceptables de participación.

El segundo tema que merece ser mencionado es el voto en blanco, la opción preferida por más del 5 por ciento de los sufragantes. La falta de entusiasmo que despertaron los diferentes aspirantes es un campanazo de alerta que debería ser escuchado por los dirigentes de las más diversas colectividades.

Pero quizás la verdadera alarma tiene que ver con los votos no marcados y nulos que, en total, sumaron más de 2,3 millones –lo equivale a un 16 por ciento del escrutinio– en el caso del Senado. El número es tan grande, que superó con holgura lo recibido por el partido de La U, que consiguió el primer lugar.

Un comportamiento tan irregular debe ser tratado no como un episodio anecdótico, sino como una demostración de que el sistema actual tiene fallas profundas, por cuenta de las cuales millones de ciudadanos que hacen el esfuerzo de ir a las urnas ven fracasado su intento de ejercer un derecho fundamental, como es el de elegir. Hay que insistir, entonces, para que la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral trabajen con el fin de proponer correctivos. Solo así, parte de las sombras que oscurecieron la jornada del domingo podrán despejarse para siempre.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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