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Ricardo Ávila

Un ‘macrodolor’ de cabeza

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
abril 11 de 2013
2013-04-11 02:23 a.m.
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La sorpresiva visita que hizo ayer Juan Manuel Santos al municipio de Valencia, en Córdoba, con el fin de encabezar un consejo de seguridad convocado tras el asesinato en esa población de Ever Antonio Cordero –un líder reclamante de tierras que fue baleado el martes–, sirvió para evaluar la situación de un departamento que ha sido duramente castigado por la violencia.

Al término de la reunión, el propio Presidente de la República sostuvo: “identificamos dos problemas principales, la microextorsión y el microtráfico”.

Ambos azotes, tal como lo reconoció el mandatario, encabezan la lista de los delitos que más preocupan, a lo largo y ancho del país.

Y es que si bien las estadísticas oficiales no registran a los dos flagelos en toda su extensión, los ejemplos de su presencia se encuentran a diario en las noticias. Estos van desde lo que ocurre en el colegio Villa Elisa –ubicado en la localidad bogotana de Suba–, en cuya vecindad los vendedores de droga acosan a los alumnos de bachillerato, hasta lo que pasa en zonas de Medellín o Cali, en donde transportadores o tenderos tienen que pagar una cuota diaria o semanal para poder operar.

Detrás de tales modalidades se encuentran bandas criminales conocidas, con remoquetes como ‘Urabeños’, ‘Rastrojos’ o ‘Paisas’.

Pero más allá de la existencia de organizaciones centralizadas, son comunes los esquemas en los que un grupo pequeño de delincuentes atemoriza a los empresarios de un barrio, enviando como emisarios a menores de edad.

Son precisamente tales estructuras las que son difíciles de desmontar. Mientras la lista de capos importantes capturados no hace más que crecer, los alivios no necesariamente llegan al tiempo con los arrestos.

El motivo es que encontrar sustitutos es fácil. Como si eso fuera poco, los índices de denuncia son bajos y el nivel de intimidación, elevado.

Con o sin razón, la ciudadanía considera que acusar a alguien por solicitar una ‘vacuna’, que se tasa en miles de pesos, no genera una respuesta apropiada de la justicia.

En cambio, sí puede ser el motivo de una retaliación que se paga con la vida o con un atentado, suficiente para acallar a quien quiera quitarse el yugo de las amenazas.

Las consecuencias que tiene la prevalencia de la microextorsión y el microtráfico –que son normalmente cabezas de un mismo monstruo– se sienten en comunidades de todos los tamaños. Cada vez son más frecuentes los casos de los almacenes que cierran temprano o de los proyectos que se aplazan hasta nueva orden, con el fin de evitar dificultades.

Pero quizás el impacto más duro es el castigo que reciben las actividades empresariales lícitas. Aparte de que cualquier negocio enfrenta dificultades en el día a día, el impacto del crimen hace imposible que muchas iniciativas salgan adelante.

Este deterioro del clima puede llegar a hacer mucho más daño que acciones más espectaculares, pues corroe el ánimo de la gente de poner en marcha propuestas y se acaba volviendo una especie de impuesto al éxito.

Por tal razón, es bienvenida la voluntad presidencial de prestarle más atención al asunto.

Sin embargo, falta una estrategia integral para que las autoridades policiales y la justicia puedan contener una avalancha que hay que impedir a toda costa. En el diseño de nuevos mecanismos hay que dar discusiones descarnadas, como la de las medidas que se pueden adoptar para evitar que los adolescentes sigan siendo utilizados como peones del crimen, iniciando a temprana edad una carrera delincuencial que no augura nada bueno.

Atender un tema tan urgente es crucial.

Justo en momentos en que el país abraza la posibilidad de una paz que le ha sido esquiva, hay que ocuparse de otras fuentes de violencia. Y las respuestas deben comenzar por un tema que parece pequeño por su escala, pero que se ha convertido en un ‘macrodolor’ de cabeza.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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