Ricardo Ávila

Monstruo de mil cabezas

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
marzo 14 de 2014
2014-03-14 03:43 a.m.
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Cuenta la mitología griega que a Heracles (Hércules, para los romanos) le fue impuesto el castigo de hacer una serie de trabajos difíciles, según lo dispusiera su enconado enemigo Euristeo. Sin entrar en los detalles del relato, basta decir que el segundo de esos encargos tenía que ver con la Hidra de Lerna, un monstruo acuático con forma de serpiente y múltiples cabezas que tenía la virtud de poder regenerar dos testas por cada una que perdía o le era amputada por el semidios.

Como es sabido, el héroe acabó triunfando, convirtiendo su nombre en leyenda. Pero es bueno traer la historia a colación, pues pareciera que el Gobierno colombiano está luchando contra su propia hidra. En este caso no se trata de un animal fantástico, sino de la minería ilegal, la misma que desde hace años es la principal causante de la depredación irremediable de zonas ribereñas y lechos fluviales en buena parte de la geografía nacional.

Y es que la labor de quienes usan dragas y retroexcavadoras a destajo consiste en deforestar y extraer arena, rocas y piedras, que luego se muelen para ser pasados por una especie de cedazo, con el fin de extraer el oro de aluvión. Una vez concluido el proceso se utilizan tanto el cianuro como el mercurio para aglomerar el metal precioso, siendo los desechos tóxicos vertidos a ríos y quebradas, con lo cual la población aledaña resulta envenenada.

Los daños no terminan ahí. Las autoridades han determinado que detrás de esas operaciones –que nada tienen que ver con la imagen del baharequero que usa su batea con el agua hasta las rodillas– se encuentran delincuentes de todas las vertientes. Así, tanto las Farc, como el Eln y las bandas criminales manejan algunas explotaciones o se nutren de los pagos que les hacen personajes oscuros, a cambio de protección. Son estos los que tienen la capacidad de invertir 2.500 millones de pesos en una draga o 500 millones en una pala mecánica, que son elementos indispensables para industrializar el proceso.

Si bien la producción de oro de Colombia ha disminuido, por cuenta de la baja en las cotizaciones internacionales del metal, la minería ilegal tiene su manera de adaptarse. Al fin de cuentas, alguien que se haya gastado una cantidad importante de dinero para echar a andar su negocio ilícito sabe que lo peor que puede hacer es abandonar la maquinaria para que se pudra al sol y al agua.

En consecuencia, una de las estrategias es la de ubicarse en las zonas donde se encuentran los depósitos más promisorios. Eso, en la práctica, lleva a que el punto de equilibrio sea menor y las ganancias mayores, aun en un escenario de precios que caen.

Por cuenta de esa situación, las empresas que cumplen con todas las de la ley están viendo en peligro su supervivencia. Así ocurre con Mineros S.A., una compañía que trabaja en el bajo cauca antioqueño y que no solo paga buenos salarios, sino que cumple un estricto plan de manejo ambiental para evitar vertimientos, el cual incluye además la plena recuperación de aquellas zonas que han perdido la capa vegetal.

Nada de eso importa para los explotadores ilegales que han decimado las zonas donde se habían detectado yacimientos promisorios, con lo cual hay una alta probabilidad de que en unos pocos años la explotación deje de ser rentable. En principio, debería ocurrir una acción policiva para confiscar máquinas, pero poco sucede a pesar de que dragas y palas están a la vista de quien tome una lancha y recorra el río Nechí o haga un sobrevuelo.

El caso referido no es el único y ocurre en múltiples lugares del país. En respuesta, la administración Santos sostiene que ningún Gobierno ha hecho tanto para acabar con este monstruo, lo cual incluye decisiones legales y acciones represivas. Pero, por lo visto, el esfuerzo no ha sido suficiente. Porque, tal como a la Hidra de Lerna, a la minería ilegal le siguen creciendo cabezas.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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