Ricardo Ávila

Un país tropical

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
mayo 31 de 2013
2013-05-31 05:06 a.m.
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La Real Academia tiene dos definiciones para el adjetivo ‘tropical’. Una es la más obvia: “perteneciente o relativo a los trópicos”. La otra es menos conocida y habla de “ampuloso, frondoso, exagerado”.

Al saberse que el país recibió la invitación con el fin de comenzar conversaciones de adhesión tendientes a convertirse en un integrante formal de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, lo lógico es pensar en la primera acepción. Al fin de cuentas, si se hace bien la tarea, en unos tres años Colombia ingresaría formalmente al mal llamado club de las naciones ricas, con lo cual el organismo con sede en París sumaría a su membresía un Estado ubicado en los trópicos.

Sin embargo, cuando se miran las reacciones que suscitó el comunicado emitido ayer en la capital francesa, es imposible pasar por alto el segundo significado. La razón es que el júbilo que el asunto desató en el Gobierno fue de tal magnitud, que más de uno podría llegar a pensar que nuestra historia queda partida en dos: antes y después de la Ocde.

Lamentablemente no va a ser así. El motivo es que no hay un verdadero punto de quiebre entre formar parte de una entidad que, como ciertos sitios exclusivos, se reserva el derecho de admisión. Pensar que la incorporación colombiana va a tener resultados tangibles e inmediatos es, a todas luces, excesivo.

Para decirlo con claridad, llegar a la Organización no influye positivamente sobre el crecimiento económico, el riesgo país, la inversión extranjera, la distribución del ingreso o el desempleo. La vida del ciudadano del común será la misma, al igual que la percepción que Colombia despierta en otras latitudes.

Las comparaciones son odiosas, pero nadie piensa mejor de México o Chile porque ya son socios o peor de Perú porque no lo es. Tampoco es correcto creer que ‘entrar en la rosca’ sirve para inocularse de errores o crisis, como lo atestiguan los países europeos en problemas o el propio Estados Unidos.

Dicho lo anterior, es equivocado restarle méritos al hecho de pertenecer a la Ocde. Para comenzar, es destacable que la misma Colombia que a comienzos del siglo fuera descrita como un ‘Estado fallido’, ahora tenga la credibilidad que se requiere para formar parte de una institución importante. Adicionalmente, hay que reconocer el empeño de la administración Santos a la hora de hacer la tarea y comenzar un proceso que requiere voluntad y persistencia.

Pero hecho ese trabajo, hay que entender para qué sirve la organización multilateral. En pocas palabras, esta podría describirse como un círculo que promueve las mejores prácticas. Es decir, el oficio que hace la secretaría radica en identificar qué es lo que funciona y lo que no en el mundo, a la hora de promover el progreso y la equidad en una sociedad. El punto de mira son las naciones que encabezan diversas clasificaciones asociadas con el desarrollo, y la gracia de la Ocde consiste en identificar cuáles son las piezas del engranaje que deben moverse para que, por ejemplo, el sistema impositivo funcione o los costos logísticos sean competitivos.

En conclusión, si en unos años Colombia es aceptada en la entidad, debe entender que su incorporación es un medio y no un fin. Debido a ello, cuando el país decida usar los análisis de diversos problemas y aplicar las experiencias exitosas de otras latitudes a su propia realidad, el esfuerzo habrá valido la pena. De lo contrario, el balance será similar al de formar parte de otros foros prestigiosos en los que las enseñanzas no se comunican o son desdeñadas por los gobernantes de turno.

Por ello, el verdadero reto es conseguir que ser socios de la Ocde tenga utilidad práctica y ayude a que hagamos las cosas bien. Todo lo anterior, distinto a entender que lo que llega es una responsabilidad y no un premio, encaja dentro del término ‘tropicalismo’.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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