Ricardo Ávila

Sin palo para cucharas

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
noviembre 03 de 2015
2015-11-03 01:20 a.m.
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Es difícil, por no decir imposible, tratar de ponerle buena cara al dato sobre el comportamiento del desempleo en Colombia durante septiembre. De hecho, en los cinco años largos que van de la administración Santos no se había visto un deterioro de tal magnitud en un frente en el que la norma habían sido las noticias favorables.

Tal como lo reportó el Dane el viernes, el índice de desocupación se ubicó en 9 por ciento a nivel nacional, y en 9,7 por ciento en las 13 áreas metropolitanas más grandes, lo cual señala incrementos de seis y cuatro décimas, respectivamente. En consecuencia, el total de población ocupada se ubicó por debajo de los 22 millones de personas, con un aumento de apenas 139.000 individuos, que equivale a 0,6 por ciento más que el año pasado.

Más inquietante todavía es lo que ocurrió en las capitales, en donde el número de empleados se redujo en 0,7 por ciento, algo que no se veía desde el estallido de la crisis internacional del 2008. Y las cosas no salieron peor por cuenta de que la tasa de participación fue menor que en igual periodo del 2014. De haberse mantenido la misma proporción de antes, la oferta laboral habría subido más, impulsando la cantidad de desocupados.

Lo sucedido es consecuencia directa de la desaceleración de una economía que ya no crece a un ritmo cercano del 5 por ciento anual, sino a uno del 3 por ciento. El frenazo se expresa en una menor disponibilidad de vacantes, complementado con recortes en áreas como minería, industria y agricultura. Es cierto que otros segmentos como la construcción mantienen su dinamismo, pero todo apunta a un desempleo superior en cerca de medio punto porcentual a los promedios del año pasado.

En medio de dicho escenario, resultan cruciales las discusiones que tengan lugar en la comisión encargada de definir el nuevo salario mínimo, que hoy está en 644.350 pesos al mes. El ente en el cual se sientan los representantes del sector privado, las centrales obreras y el Gobierno, comenzará a debatir el tema pronto, tal como es usual por esta época.

Aunque las cosas nunca son fáciles, todo apunta a que la polémica será todavía más intensa que en otras ocasiones. El motivo principal es que la inflación viene superando desde hace varios meses los límites fijados por el Banco de la República y estaría cercana al 6 por ciento en el 2015.

Ese es el componente principal de cualquier fórmula, más en un país en el cual la Corte Constitucional ha conceptuado que el poder adquisitivo de quienes ganan el mínimo no puede retroceder. Adicionalmente, los expertos señalan que lo ortodoxo es sumar las ganancias en productividad laboral, que en tiempos recientes han superado el 1 por ciento anual.

Bajo ambos parámetros, el alza que tendría lugar el primero de enero sería al menos del 7 por ciento. A su vez, un dirigente sindical señaló hace poco que cualquier incremento inferior al 10 por ciento se consideraría inaceptable.

Frente a tales elementos, no han faltado las voces que insisten en la moderación. Un escrito reciente de Anif señaló que un salto significativo en el mínimo ocasionaría que el desempleo suba más, anotando que en cualquier caso la tendencia es a que ascienda, debido a que el crecimiento económico seguirá siendo mediocre.

El llamado es especialmente dirigido al Ejecutivo, que seguramente se verá obligado a fijar el nuevo salario por decreto. Si en condiciones normales llegar a un consenso en el seno de la comisión tripartita es difícil, ahora es todavía más improbable, dados los vientos cruzados de carestía y crecimiento.

Quedan varias semanas de reflexión y faltan datos más precisos. Sin embargo, vale la pena que la Casa de Nariño insista en que defender la tasa de desocupación de un dígito es más importante que caer en la tentación de un incremento salarial alto, cuando el palo no está para cucharas.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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