Ricardo Ávila

Peligro a la vista

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
enero 27 de 2015
2015-01-27 04:15 a.m.
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La acelerada reducción en los índices de pobreza fue la mejor historia que América Latina pudo contar durante buena parte de este siglo. En el 2014, 28 por ciento de los habitantes de la región se encontraban en esa categoría, 16 puntos porcentuales menos que en el 2002. Esa reducción en números absolutos cobija a casi 60 millones de personas que mejoraron significativamente sus ingresos, lo que equivale a un país con más gente que Colombia.

Con razón, alguien habló en su momento de una especie de revolución silenciosa que permitió un aumento en la calidad de vida en buena parte del hemisferio. Dicha mejoría estuvo acompañada de un auge sin precedentes en el consumo que, a su vez, impulsó un círculo virtuoso de generación de puestos de trabajo y mayor capacidad adquisitiva. Según los estimativos, el tamaño de la clase media se expandió en más de 50 por ciento y la torta de la riqueza empezó a repartirse en forma un poco más equitativa que antes.

Las circunstancias que posibilitaron ese avance tuvieron que ver con la baja sostenida en el desempleo, por cuenta de un ritmo de crecimiento aceptable, en el cual el aumento en los precios de los bienes primarios que exporta esta parte del mundo tuvo una alta cuota de responsabilidad. En forma complementaria, los gobiernos les dedicaron una parte más amplia de sus presupuestos a los programas sociales y en especial a los de transferencias, del estilo de Familias en Acción.

Sin embargo, todas esas dinámicas corren el riesgo de quedar en el pasado. La fuerte ralentización del Producto Interno Bruto regional –que el año pasado apenas avanzó 1,2 por ciento– enfrenta a Latinoamérica con la preocupante posibilidad de dar marcha atrás.

Que hay un estancamiento es algo que sostiene la Cepal, la cual ayer dio a conocer su reporte sobre el panorama social en la zona. De acuerdo con la entidad adscrita a las Naciones Unidas, la proporción de pobres es prácticamente la misma desde el 2012 y su cantidad ha pasado de 164 a 167 millones de personas en respuesta al aumento natural de la masa poblacional.

Pero aún más inquietante es que, dentro de ese total, los indigentes –aquellos individuos que no cuentan con lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas– han ganado terreno. Puesto de otra manera, el progreso social de la región no solo se detuvo en los últimos años, sino que los más pobres entre los pobres aumentan.

Tan preocupante parte se dio antes de que se sienta plenamente el cambio de viento en las cotizaciones de los productos básicos. La descolgada del petróleo, el cobre, el mineral de hierro, la soya o el oro, tendrá incidencias sobre la inversión privada, pero golpeará también las arcas estatales a través de un menor pago de impuestos. Eventualmente, los presupuestos públicos habrán de recortarse y, de paso, los gastos en favor de los más frágiles.

No hay duda de que esa probabilidad es alta. En Venezuela, para citar el caso de una economía en problemas, la pobreza entre el 2012 y el 2013 habría subido en casi siete puntos porcentuales hasta el 32,1 por ciento, de acuerdo con la Cepal.

Es cierto que en América Latina todavía hay casos de mejora. En 12 países que tienen la información más reciente, la población en condición de pobreza se redujo de manera destacada en seis. Colombia pertenece a ese grupo y ahora se encuentra muy cerca del promedio regional, después de encontrarse a considerable distancia durante mucho tiempo.

Pero tal como sus vecinos, el país corre el riesgo de perder parte del terreno ganado si ignora los peligros que tiene enfrente. Estos son una posible desaceleración y menores recursos fiscales que le obliguen a apretarse el cinturón, ante los cuales hay que hacer sonar las alarmas y reaccionar a tiempo. Porque no se puede olvidar que no solo la pobreza es mala, sino también el empobrecimiento.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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