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Ricardo Ávila

Perder es ganar un poco

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
abril 12 de 2013
2013-04-12 03:40 a.m.
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El próximo domingo, y por tercera vez en seis meses y una semana, los venezolanos volverán a las urnas, con el fin de designar al sucesor de Hugo Chávez.

Como es sabido, en esta oportunidad se enfrentarán el presidente interino Nicolás Maduro y el líder de la oposición Henrique Capriles, quienes apenas tuvieron 10 días para desarrollar una campaña que, a pesar de corta, resultó ser particularmente intensa en discursos y congregaciones populares.

Tanto los sondeos como los observadores coinciden en que Maduro debería lograr una victoria cómoda, si bien el margen podría ser más estrecho que los 15 puntos de diferencia que se pronosticaban en un comienzo.

La razón no es otra que el componente emocional derivado de la muerte del fundador de la Revolución Bolivariana, cuya figura aparece en cada acto que organiza el Gobierno.

Y esa presencia no es sutil. La voz de Chávez es la que se escucha cuando suena el himno nacional en cada mitín y su imagen es la que se transmite con la última aparición televisada en la que salió en diciembre para designar a Maduro como sucesor.

Como si fuera poco, la foto del líder desaparecido está en camisetas, llaveros, afiches y en las propias manos del candidato, quien, levantando una estampa, cada vez que puede le dice a la multitud que él es el hijo del comandante vencido por el cáncer.

Por su parte, el Capriles de ahora no es la figura conciliadora del pasado octubre. De manera incisiva, el gobernador del Estado de Miranda ha señalado las falencias de su contendiente, a quien le puso el remoquete de “toripollo” (cuerpo de toro, cabeza de ave), quien de vuelta lo bautizó “caprichito”, aparte de endilgarle calificativos impublicables.

Tales ataques han empezado a minar la imagen de Maduro, quien evidentemente no tiene el mismo carisma ni la misma conexión con el pueblo venezolano que su mentor.

Por tal motivo, así resulte triunfador, su gestión va a encontrarse con obstáculos grandes desde un primer momento.

Y es que el desafío para quien llegue al Palacio de Miraflores va mucho más allá de ganar las elecciones. Bajo cualquier punto de vista, la economía de Venezuela enfrenta problemas que van a exigir la toma de decisiones difíciles con el fin de evitar que se siga desmoronando.

Una lista desordenada de las dificultades comienza con la inflación, que completa 26 años con cifras de doble dígito y es una de las más altas del mundo.

A pesar de los controles de precios, diferentes artículos siguen subiendo, en parte, como respuesta a la fuerte devaluación experimentada por el bolívar en febrero pasado.

No menos complejo es el manejo de los asuntos cambiarios, pues la tasa del mercado paralelo supera, de lejos, a la oficial. Tal situación es producto de una escasez crónica de divisas que ha tratado de ser paliada a través del uso de mecanismos que no han dado resultado.

Además, existe la posibilidad de que las cosas se pongan peores si el petróleo mantiene su tendencia relativa a la baja.

Un elemento adicional es la falta de productos de primera necesidad que se nota en los anaqueles o en la adecuada provisión de servicios públicos.

Y para completar el panorama, hay que hablar del elevado déficit fiscal, que supera con facilidad el equivalente al 10 por ciento del PIB, un nivel considerado insostenible.

Si a todo lo anterior se le suman las promesas de campaña relativas a subir el salario mínimo o las expectativas del electorado sobre preservar el oneroso sistema de subsidios, es evidente que el manejo de los asuntos no será fácil para Maduro, así invoque el espíritu de Chávez con frecuencia. Las perspectivas son tan complejas que hay observadores que sostienen que lo que le sirve a la oposición venezolana es perder ahora, para poder presentarse como una alternativa de cambio cuando ya no tenga que luchar con un fantasma.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

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