Ricardo Ávila

El pilar que más falla

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
mayo 08 de 2015
2015-05-08 03:20 a.m.
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Cada año, cuando el Foro Económico Mundial presenta, desde Suiza, su conocido Índice Global de Competitividad, los titulares se refieren a qué país logró avanzar puestos y qué otro los perdió. Normalmente, se señala que las naciones de América Latina ocupan lugares intermedios en la clasificación, siendo el mejor calificado Chile y el peor, Venezuela.

No obstante, son pocos quienes se toman el trabajo de mirar por qué a la región le va menos bien que a otras. Una explicación se dio a conocer este jueves en México, durante la reunión que se concentra en esta parte del mundo.

Y es que dentro de la docena de pilares que se utiliza para elaborar el indicador mencionado, se encuentra el de instituciones. Es en esta área en la que, en conjunto, nos va mal, incluyendo a Colombia. En categorías como crimen organizado o malversación de los recursos públicos ocupamos los lugares más bajos de la tabla.

Para los conocedores, hay una razón fundamental de que las cosas no estén bien en este frente. Esta tiene que ver con los problemas que experimenta la democracia en la zona, que son bien diferentes de la celebración regular de elecciones y la transición que opera entre un gobierno y otro, después de que la ciudadanía se pronuncia en las urnas.

Puesto en pocas palabras, el sistema tiene fallas protuberantes. Los partidos políticos son débiles y se caracterizan por la ausencia de buenas plataformas, la división entre los poderes públicos no se encuentra garantizada, la confianza del público es baja y, con ella, la legitimidad de las acciones gubernamentales.

Debido a esa situación, la capacidad de emprender reformas es baja, pues los intereses grupales logran evitar las cirugías de fondo. El resultado es que para enfrentar los problemas del siglo XXI, se siguen usando los mismos esquemas del XX, cuando la arquitectura existente no se destacó precisamente por funcionar bien.

La inoperancia institucional permite que enfermedades que son muy graves se vuelvan casi terminales. Un caso típico es el de la falta de efectividad de la justicia, sin cuyo adecuado funcionamiento es posible desarrollar sociedades modernas y más justas. La percepción de que solo una proporción baja de los delitos es castigada y que las penas, en más de una ocasión, no asustan a los poderosos, es considerada un obstáculo enorme, con costos económicos inmensos.

Un par de bombillos encendidos en rojo ilustra esa situación. El primero es la corrupción. Desde México hasta Chile, pasando por Brasil o Panamá, los escándalos están a la orden del día. Más allá de entrar a describir cada uno, existe la impresión generalizada de que quienes ocupan los cargos más altos los utilizan para enriquecerse a título personal o permitirles a sus familiares o aliados que lo hagan.

Y la única manera de contener ese flagelo es conseguir que la justicia actúe prontamente. De lo contrario, el cáncer se propaga ante la impresión de que el delito sí paga, ya que la probabilidad de acabar en la cárcel es baja.

No menos angustioso es lo que pasa con la seguridad personal, como lo ilustran un par de estadísticas. De las 50 ciudades más violentas del mundo, 43 están situadas en América Latina, comenzando con San Pedro Sula, en Honduras. La región tiene el 8 por ciento de la población global, pero ‘aporta’ el 35 por ciento de los homicidios.

También aquí la falta de justicia es el elemento clave. La impunidad no solo rompe una de las reglas elementales de cualquier organización comunitaria, sino que genera una espiral difícil de contener o reversar. Lo anterior, aparte de los costos, en una parte del mundo, donde el principal factor de deceso para los hombres en edad productiva es la muerte violenta.

Por tal motivo, la reforma institucional es inevitable para Latinoamérica. De lo contrario, será imposible avanzar de forma sostenible. Y eso es algo que no determina solo la posición que tengamos en los índices globales, sino especialmente en nuestra calidad de vida.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
 

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