Ricardo Ávila

El problema de siempre

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 02 de 2014
2014-09-02 03:35 a.m.
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Una de las imágenes más conocidas de la mitología griega, es la de Sísifo, rey de Éfira, quien fue condenado en el infierno a empujar por siempre una piedra por la ladera de un monte, la cual caía al punto de partida cuando la cumbre estaba cerca. Así pareciera que le sucede a Colombia en la lucha contra la corrupción, aunque más de uno diría que la comparación es demasiado generosa, pues el país no solo avanza muy poco y nunca vislumbra la cima en el combate a este flagelo, sino que la roca desciende cada vez más abajo.

Y es que a lo largo de las últimas semanas, diferentes escándalos han vuelto a poner de presente que la venalidad campea en el país. Así lo demuestran las preocupantes revelaciones que tocan a la Gobernación de Córdoba, cuyo jefe de regalías, Jairo Alberto Zapa, fue asesinado en marzo, dejando tras de sí una estela de documentos que comprometen la ejecución de múltiples proyectos.

No menos inquietante es el ruido que se ha generado en Bogotá, en el seno de una administración cuya principal carta de presentación fue la pulcritud en el manejo de los asuntos de la ciudad. A medida que pasan los días, se acumulan las denuncias que no solo tocan las alcaldías locales, sino la cuantiosa prórroga de los contratos de TransMilenio y el consorcio SIM, que gestiona los trámites del tránsito en la capital. Incluso, el comandante de bomberos viene de ser declarado insubsistente, tras haber, supuestamente, denunciado movidas raras en la adquisición de varias máquinas contra incendios.

Tampoco el Gobierno de Juan Manuel Santos ha salido indemne. El destape de una olla podrida en la Unidad Nacional de Protección dejó al descubierto lo que la prensa denominó como un “carrusel de coimas”. Este consistía en el cobro de comisiones a las empresas que la entidad contrataba, incluyendo el pago de dineros por agilizar el giro de determinadas cuentas pendientes.

Tales ejemplos apenas son una muestra del que los colombianos consideran uno de los problemas más complejos del país, según se desprende de los resultados del Gallup Poll. En el sondeo dado a conocer a comienzos de julio, 70 por ciento de los encuestados sostuvieron que la corrupción está empeorando, un guarismo equivalente al de la inseguridad o el costo de vida.

No obstante, a diferencia de los otros dos, meterle la mano a los dineros públicos tiene elementos que tocan la propia legitimidad de las instituciones. No hay cáncer más maligno que este, pues corroe la misma base de la democracia y el principio de que el bien común prima sobre el individual. Además, hace metástasis, pues salta del orden nacional, al regional y el local, y viceversa.

Para curar la enfermedad, no hay otro tratamiento que el de tener una justicia que funcione. Lamentablemente, el panorama en este campo es desolador. Sin desconocer que uno que otro corrupto acaba con sus huesos en la cárcel, las penas distan de ser ejemplares, cuando finalmente se produce una sentencia. Porque lo normal es que los procesos se prolonguen de manera exasperante, como ha sucedido con los hermanos Moreno Rojas y el entramado que montaron para ‘exprimir’ a Bogotá.

La sensación de que es más evidente el crimen que el castigo, obliga a la administración Santos a tomar el toro por los cuernos. No solo al Ejecutivo le corresponde impulsar una reforma judicial de fondo, sino hablar más duro, evitar las malas compañías y apartarse de prácticas que a la opinión le caen muy mal, como la de ganar gobernabilidad a cambio de la conocida mermelada.

En momentos en que se viene una nueva iniciativa tributaria, la ciudadanía necesita saber que el esfuerzo que se le pide viene acompañado de garantías de que los preceptos del Buen Gobierno no se han olvidado. De lo contrario, acabaremos aplastados por la roca. Un castigo que los Dioses ni siquiera le aplicaron a Sísifo.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto

 

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