Ricardo Ávila

Pronóstico negativo

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 12 de 2014
2014-09-12 05:36 a.m.
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Han sido tantas las veces que los medios internacionales se han pronunciado sobre la inminente quiebra de Venezuela, que otra advertencia suena a lugar común.

Pero no por ello hay que ignorar los nubarrones que se ciernen sobre la que, según el Banco Mundial, es la cuarta economía de América Latina con un Producto Interno Bruto de 438.300 millones de dólares corrientes, 60.000 millones más que el de Colombia.

En esta oportunidad, las preocupaciones están relacionadas con un pago de 5.200 millones de dólares que el país vecino tiene que hacerles a los tenedores de sus bonos a comienzos de octubre. Aunque a primera vista esa suma no debería ser problema para una nación que cuenta con las mayores reservas de petróleo, la realidad es otra.

Las escasas cifras disponibles comprueban que la cantidad de divisas en manos del Banco Central escasea y que el giro, sí se hace, será a cambio de grandes sacrificios. Una posibilidad es obtener los recursos mediante la venta de Citgo, la filial estadounidense de Pdvsa que es dueña de tres refinerías en el golfo de México y opera 6.000 estaciones de gasolina, pero –aún si aparece un postor– el problema de fondo tendría tan solo una solución temporal.

Y es que el Gobierno de Nicolás Maduro no tiene la plata suficiente para cubrir las necesidades de la población.

Hasta la fecha, la salida ha sido dejar crecer las acreencias que hay con el sector privado, al que de vez en cuando se le da contentillo. Aunque no hay una estadística definitiva, se habla de 25.000 millones de dólares en cuentas por pagar, que no es una suma menor.

De acuerdo con Ricardo Hausmann, profesor de Harvard, y Miguel Ángel Santos, investigador de la misma Universidad, las acreencias suman 3.500 millones de dólares en el caso del ramo farmacéutico, 2.500 millones con los importadores de alimentos, 3.000 millones en lo que hace a la industria automotriz y 3.700 millones con las aerolíneas, lo cual ha llevado a la suspensión de múltiples frecuencias. Los académicos aconsejan una moratoria en los pagos de los bonos venezolanos con el fin de aliviar la escasez que afecta a un tercio de los bienes que componen la canasta básica.

Pero más allá de entrar en el debate sobre cuál camino seguir, el mensaje de fondo es que la crisis tiende a empeorar. Los más diversos indicadores se han deteriorado, comenzando por la inflación que ya ajusta un alza del 63 por ciento en el año terminado en agosto, la tasa más alta del mundo.

En respuesta, el régimen bolivariano ha decidido apretar las clavijas en favor del modelo socialista. Un cambio de fichas en el régimen, anunciado recientemente por Maduro, dejó en claro que los moderados, amigos de hacer reformas estructurales, incluyendo subir el precio de la gasolina y dejar flotar la tasa de cambio, perdieron la batalla. Los ganadores fueron los partidarios de la línea dura que, con el apoyo de La Habana, impulsan gradualmente un sistema que equivale a tener una tarjeta de racionamiento.

En forma paralela, los ataques a Colombia han subido de tono. Cuando se habla de escasez, la respuesta es que entre 40 y 50 por ciento de la oferta de bienes acaba saliendo por los canales del contrabando, a este lado de la frontera. Y si el tema es la inseguridad, el mensaje es que las prácticas más execrables de los grupos paramilitares han sido exportadas más allá de la línea limítrofe, lo cual llevó hace poco a un ministro de Maduro a lamentar la ‘colombianización’ de Venezuela.

Todos esos elementos forman parte de un preocupante coctel. No solo las cosas en el país vecino están muy mal, sino que cualquier esperanza de mejoría es ilusoria.

Mientras eso sucede, la represión, ya sea política, de seguridad o económica, se impone. Por eso, Bogotá debe prepararse para un coletazo mucho más fuerte que el que se ha sentido hasta ahora.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto

 


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