Ricardo Ávila

Con la puerta cerrada

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
octubre 12 de 2015
2015-10-12 11:46 p.m.
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El pronunciamiento hecho ayer por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien anunció que el cierre de los puestos fronterizos que unen a su país con Colombia seguiría en vigencia hasta nuevo aviso, fue recibido con tranquilidad de este lado de la línea limítrofe. El motivo es que a medida que pasan los días, las cosas retornan a una normalidad que no es igual a la de antes, pero que tiene ventajas.

La principal es disminuir la presión de la ilegalidad. Más allá de lo que afirma el gobierno bolivariano, las autoridades colombianas han constatado que la violencia ha disminuido de forma sensible. Las bandas criminales que habían hecho suya una tierra de nadie, encuentran limitado su accionar: pasar productos de primera necesidad, especialmente combustibles, en las llamadas ‘caravanas de la muerte’.

Aunque no faltan los aventureros que se arriesgan a aprovechar el enorme diferencial que existe entre los bienes subsidiados del lado venezolano y lo que valen aquí, el flujo ha caído de manera sensible. Esa circunstancia sirve para que la Policía adelante, con mayor dedicación, una labor que necesitaba hacer: inutilizar, de forma gradual, algo más de 250 trochas, que desde Norte de Santander hasta La Guajira, eran utilizadas por los traficantes.

Por otra parte, la crisis humanitaria ocasionada por el accionar de la Guardia Nacional, que de manera directa o indirecta ocasionó el desplazamiento de cerca de 20.000 personas, pudo ser manejada con menos traumatismos de lo que se pensaba. No hay duda de que la atención fue oportuna y que las ayudas para que muchos emigrantes retornaran a sus lugares de origen, funcionaron.

Es incuestionable que será necesario hacerle seguimiento a la situación, y que hay asuntos pendientes aún. No obstante, en medio de tantas injusticias, el Estado colombiano logró responder de forma más rápida y coordinada de lo que esperaban los escépticos.

En materia económica, el daño también es manejable. Para comenzar, Venezuela representa apenas el 3 por ciento de nuestras exportaciones. Tal como van las cifras, en el 2015 las ventas a la nación vecina superarán escasamente los mil millones de dólares, una sexta parte de los máximos de la década pasada.

Y si bien el flujo comercial se ha entorpecido, no ha desaparecido por completo. El motivo es que en medio de la escasez que agobia a los consumidores de allá, seguimos siendo un proveedor que tiene la ventaja de la localización geográfica. Aun así, quien despacha sus productos al mercado bolivariano pide pago por anticipado o con garantías suficientes. La falta de divisas era y siegue siendo el principal obstáculo en una nación que enfrenta problemas descomunales.

Quien lo dude no tiene más que ver las proyecciones del Fondo Monetario Internacional. Según el organismo multilateral, en el 2015 la contracción del Producto Interno Bruto venezolano llegará al 10 por ciento, mientras que en el 2016 sería de 6 por ciento adicional. Debido al mal manejo del chavismo, la economía vecina, que durante todo el siglo XX superó en tamaño a la nuestra, ahora equivale a menos de la mitad.

Tampoco se puede olvidar en la ecuación el componente político. Con el fin de preservar su poder, Maduro y sus aliados parecen dispuestos a todo. Las provocaciones que han tenido lugar en la frontera con Colombia y Guayana, muestran que el incidente limítrofe es una tentación para desviar la atención de la opinión. Tener las puertas cerradas, evita confrontaciones que se saben cómo empiezan, pero no cómo acaban.

Finalmente, está el tema de las excusas. Para explicar la escasez, Caracas prefirió culpar a los “bachaqueros” y no a su propia incompetencia. Contenido el problema, los argumentos sobre los anaqueles vacíos desaparecen, o, por lo menos, no competen a los colombianos.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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