Ricardo Ávila
Editorial

De puertas abiertas

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
mayo 03 de 2016
2016-05-03 08:59 p.m.
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Para la mayoría de los colombianos el pasado primero de mayo no se diferenció mucho de un domingo normal, aparte de que fue testigo de las celebraciones propias del Día Internacional del Trabajo. No obstante, para aquellos interesados en lo relacionado con el comercio exterior, la efeméride tuvo mucho de especial, pues significó la entrada en vigencia del Protocolo Adicional al Acuerdo Marco de la Alianza del Pacífico en la que estamos junto con México, Perú y Chile.

El texto en cuestión contiene 19 capítulos que profundizan los acuerdos ya vigentes entre las naciones mencionadas, los cuales abarcaban múltiples categorías con la notoria excepción de algunas relacionadas con el campo y unas pocas con la industria. De tal manera, el 92 por ciento del universo arancelario queda libre del pago de impuestos de importación, mientras que el 8 por ciento restante empezará a desgravarse de forma gradual, con plazos que van hasta los 17 años para los productos más sensibles.

En el caso de Colombia, ese ámbito equivale a cerca de 5 por ciento del universo de bienes. En la lista están maíz y harina, fríjol, papa o cebolla. La idea es que el tiempo de espera le permita al país aumentar su productividad agrícola con lo cual podría competir con más éxito en los mercados globales, o defenderse de la llegada de alimentos de afuera.

Esa posibilidad es descartada de plano por los gremios del sector, los cuales consideran que se cometió una equivocación mayúscula que echa por la borda los mecanismos de protección existentes. Bajo el escenario más catastrófico, una buena proporción de la comida que consumimos los colombianos empezaría a llegar de nuestros socios de la Alianza, en desmedro de los cultivadores nacionales.

Tales temores son respetables, aunque no faltan quienes piden un poco más de cabeza fría en el análisis. Por ejemplo, Chile es un gran exportador, pero su oferta no se ajusta necesariamente a la nuestra. En el caso de Perú y México, hay similitudes que constituyen a la vez riesgos y oportunidades. Debido a ello, es obligatorio hacer la tarea, que incluye mejorar la infraestructura y bajar costos, aparte de romper cuellos de botella que nos impiden ser una potencia alimentaria, a pesar de contar con tierra arable y agua en abundancia.

Adicionalmente, los defensores del esquema sostienen que hay que ver la foto completa. Así, el protocolo permite reglas de origen más flexibles y la acumulación de origen entre los socios del esquema, lo cual favorecería los encadenamientos productivos. Por ejemplo, Colombia es un importante exportador de bluyines, que pueden confeccionarse de manera creciente con tela denim hecha en Perú.

En último término, de lo que se trata es aplicar el conocido refrán según el cual, ‘la unión, hace la fuerza’. Sobre el papel, la Alianza es un bloque atractivo que representa el 38 por ciento de la economía latinoamericana, un tamaño similar al de Brasil. Que el grupo no ha perdido su lustre lo demuestra que Argentina está pidiendo pista, según lo dijo el propio Mauricio Macri.

Igualmente, vale la pena recordar que este es un esquema de integración profunda que también servirá para atraer inversiones y estrechar lazos, un lugar común que es poco usual en la región. Más allá de las promesas de hermandad latinoamericana, el comercio intrarregional no llega al 20 por ciento del total, una proporción muy inferior a la que se ve en Europa o Asia.

En conclusión, es mejor dejar de llorar por la leche derramada y empezar a explorar opciones de negocios. ProColombia hizo un juicioso trabajo para identificar posibilidades, pero de nada servirá ese ejercicio si nuestros empresarios no viajan, tocan puertas y hacen contactos. Tal como ha sucedido con un buen número de tratados de libre comercio, lo que hay que entender es que las puertas se han abierto. Al sector privado le corresponde cruzarlas.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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