Ricardo Ávila

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Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
septiembre 06 de 2013
2013-09-06 01:17 a.m.
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La búsqueda constante de una mayor competitividad no es otra cosa que el fortalecimiento de las capacidades de un país para generar mayor riqueza y prosperidad de manera sostenida.

A fin de cuentas, dicha condición abarca el conjunto de instituciones, políticas y factores que influyen en los niveles de productividad de una nación, de acuerdo con los parámetros que establece el Foro Económico Mundial (FEM), entidad que le toma el pulso anualmente a tres cuartas partes de los Estados del planeta.

Está demostrado que los países que son más competitivos tienen un ingreso por habitante más alto. Esta relación positiva entre competitividad y prosperidad es contundente, y nada tiene que ver con posturas políticas determinadas o posiciones ideológicas en campos de la economía o el comercio internacional.

De ahí la importancia de analizar el desempeño de Colombia en esta medición, cuyos resultados para el 2013 fueron dados a conocer hace un par de días.

No se trata, pues, de simplemente ganar o perder unas posiciones en una clasificación internacional. El reto consiste en mejorar las capacidades que tiene el país para ser más próspero de manera sostenible.

En tal sentido, el Índice Global de Competitividad que elabora el FEM es un diagnóstico muy valioso –de varios disponibles– con el que cuentan los interesados en el tema para poder identificar los problemas en este campo y poder actuar decididamente para solucionarlos.

Más que el puesto que ocupó Colombia en el 2013 (69 entre 148 naciones), lo que realmente preocupa es que el país no parece estar procediendo lo suficientemente rápido para resolver los principales obstáculos en materia de competitividad, los cuales han sido diagnosticados hace años.

De acuerdo con el Consejo Privado de Competitividad, en el último lustro “el país no ha logrado revertir (e incluso ha profundizado) las tendencias negativas de pilares que ocupan posiciones muy pobres como instituciones (110), eficiencia del mercado de bienes (102), salud y educación básica (98), infraestructura (92), y eficiencia del mercado laboral (87)”.

No menos inquietante es que Colombia cedió posiciones en la mitad de las variables duras de este ejercicio (las que se basan en mediciones objetivas y no en percepciones), lo que evidencia que el estancamiento del país no se explica exclusivamente por un deterioro en lo que piensan los empresarios sobre las diferentes dimensiones de la competitividad.

Puesto de otra manera, es importante que el Gobierno trabaje para comunicar sus logros y mejorar el veredicto de la opinión pública, pero es innegable que los problemas en esta materia son mucho más profundos y requieren soluciones estructurales, las cuales, por lo general, son costosas de implementar, no solo en términos de dinero, sino de repercusiones políticas, pues tocan intereses de grupos particulares.

En la coyuntura actual, influida por la ola de paros que ha afectado el desarrollo de las actividades cotidianas y le ha quitado margen de maniobra a la administración Santos, ya se empiezan a evaluar medidas para mejorar las condiciones económicas de algunos sectores. Sin desconocer los reclamos, muchos de ellos legítimos, la inquietud es que las decisiones que se tomen atenten contra la competitividad.

En otras palabras, el peligro es que por cuenta de apagar algunos incendios se adopten políticas que pueden resultar muy costosas en el largo plazo, como la de erigir barreras comerciales, sobre todo cuando se tiene en cuenta que la nuestra es una de las economías más cerradas del mundo.

En consecuencia, es hora de que el país priorice sus estrategias y fortalezca su institucionalidad, en cabeza del Sistema Nacional de Competitividad e Innovación.

No se puede dar más largas a la implementación de soluciones de fondo, que son difíciles, pero necesarias.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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