Ricardo Ávila
Editorial

De riesgos y oportunidades

La revolución digital también llegó al negocio financiero, pero es claro que un buen esquema de regulación se necesita con el fin de sacarle provecho.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 28 de 2017
2017-09-28 09:36 p.m.
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Afirmar que la revolución digital afecta a un sinnúmero de actividades en el mundo de hoy, es una verdad de Perogrullo. Los más diversos modelos de negocio han tenido que reaccionar y adaptarse ante el arribo de instrumentos que no estaban en el radar de nadie hace unos años.

Los ejemplos más utilizados para ilustrar esa realidad son los de Uber, en el caso del transporte de pasajeros en los principales centros urbanos, y el de Airbnb, en lo que respecta al alojamiento de personas. La primera no posee vehículos propios, pero es la amenaza más grande para segmentos como el de los taxis; la segunda no es dueña de ninguna habitación y le dio un enorme sacudón a la hotelería tradicional.

El viento también está soplando en la dirección de los servicios financieros. De un tiempo para acá, el público escucha con mayor frecuencia el término fintech, que agrupa a aquellas compañías que utilizan plataformas virtuales con el propósito de intermediar diversos servicios, que van desde el préstamo de dinero hasta las transferencias de recursos de un país a otro, pasando por las compras y ventas de títulos valores.

A primera vista, se podría creer que esa ola solo toca las costas de las naciones más desarrolladas. Sin embargo, un trabajo reciente del BID y Finnovista identificó 230 entidades que entran en dicha categoría en Brasil, 180 en México y 84 en Colombia, un número bien superior al de Argentina y Chile.

El atractivo de dicha opción salta a la vista. Un inversionista puede colocar su dinero con una rentabilidad más alta que la que le ofrece una opción como un depósito a término, mientras que una compañía tiene la posibilidad de obtener un préstamo con costos menores que los que ofrece un banco. En el mundo ideal, eso lleva a que se amplíen las opciones, exista mayor competencia y los usuarios de uno y otro lado se encuentren con alternativas mucho más amplias.

Las posibilidades de que el nuevo escenario le ayude a la economía son elevadas. Por ejemplo, algunas de las barreras que hoy impiden que un segmento importante de las firmas o los individuos puedan endeudarse en condiciones favorables, disminuirían. La utilización de algoritmos orientados a establecer parámetros de riesgo aceptables serviría para que un cliente pase de ser desconocido a aceptable, lo cual ayuda a una mayor inclusión financiera.

No obstante, el esquema no está exento de riesgos. El fantasma del lavado de activos aparece, mientras el incumplimiento en un pago dejaría descubierto a quien entregó su dinero, para no hablar de la posibilidad de estafas en áreas, que pueden estar debajo del radar de las autoridades.

Aunque es equivalente a comparar peras con manzanas, la quiebra de Estraval golpeó la reputación de un mecanismo válido y de gran aceptación como las libranzas. Un episodio en el que varios ahorradores vean desaparecer su dinero en la red llevaría a que justos paguen por pecadores.

Por tal razón, es inevitable que las autoridades tomen cartas en el asunto. Si bien la Superintendencia Financiera ha estado sobre el tema, todavía le falta establecer unas reglas de juego básicas con el fin de proteger a los inversionistas, mitigar los riesgos y permitir que las fintech se desarrollen. Es de suponer que la banca tradicional sabrá responder con productos hechos a la medida, a sabiendas de que habrá una parte importante de su clientela que preferirá seguir por caminos ya conocidos.

A este respecto, no está de más darle una mirada a lo que sucede en otras partes. La fotografía muestra muchos matices, pero el meollo de la cuestión es saber adoptar una regulación que defienda principios como la transparencia o el buen gobierno corporativo, por parte de quien participe en la actividad.

Bien se dice que en todos los cambios hay, a la vez, peligros y oportunidades. Si las normas en Colombia se expiden a tiempo y de manera juiciosa, aumentaría la probabilidad de poner a raya los primeros y cosechar las segundas.

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