Ricardo Ávila
Editorial

Cuestión de años y plata

La sostenibilidad de las pensiones es un asunto que inquieta al mundo más rico, pero en Colombia pocos piensan en ese tema.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
agosto 27 de 2017
2017-08-27 07:06 p.m.
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El mundo está lleno de incertidumbres, pero un tema sobre el cual los analistas tienen un alto grado de seguridad es el aumento en la edad promedio de la población global. De acuerdo con las Naciones Unidas, el número de personas de más de más de 60 años debería subir 56 por ciento entre el 2015 y el 2030, pasando de 900 a 1.400 millones de individuos, una cifra que para el 2050 ascendería a 2.100 millones. En el mismo lapso, la cantidad de gente con más de 80 años se triplicará, alcanzando los 434 millones a mediados del siglo.

América Latina es la región del planeta en donde el salto será más pronunciado, dice la ONU, con un incremento del 71 por ciento en el número de adultos mayores desde mediados de esta década a finales de la próxima. Las exigencias que un cambio tan fundamental creará sobre los sistemas de seguridad social de esta parte del mundo no parece ser entendida por los diferentes gobiernos, que se comportan como si todo fuera a permanecer igual.

En cambio, en las sociedades más ricas ya comenzó la discusión sobre cómo enfrentar lo que viene. Por un lado, está la preocupación con respecto a la sostenibilidad de los esquemas de salud, pues no hay duda de que los presupuestos necesarios para atender a una pirámide poblacional más parecida a un rombo, subirán.

De otra parte, está el dolor de cabeza de pagar las pensiones, que ya exigen una porción importante de los gastos gubernamentales. Un documento escrito recientemente por un técnico del Fondo Monetario Internacional señala que lo que se paga en mesadas en las economías avanzadas pasó de representar el 4 por ciento del Producto Interno en 1970, al 9 por ciento en el 2015.

Hacia adelante, la situación puede ser insostenible, sobre todo porque el número de jóvenes que entrará a la fuerza laboral será paulatinamente menor, lo cual implica que la relación entre empleados que cotizan al sistema público y jubilados variará de forma irreversible. Hasta ahora, la respuesta ha sido elevar los requisitos exigidos, algo que pasa por subir las semanas de aportes exigidos o la edad de retiro, que ahora se encuentra en 63 años en promedio.

Aun así, el FMI sostiene que las cuentas no dan, lo cual demanda ajustes adicionales. Uno consiste en subir la línea de corte para disfrutar una pensión a los 68 años, mientras que otro acabará imponiéndose por la fuerza de las circunstancias: bajar el monto de la mesada, pues la plata no va a alcanzar.

Debido a ello, el consejo del especialista del organismo es que los jóvenes comiencen a ahorrar con el fin de complementar lo que eventualmente recibirán. Según los cálculos, guardar religiosamente 6 por ciento del ingreso daría tranquilidad suficiente a cualquiera cuando llegue a la tercera edad, sobre todo si ya va a obtener una mesada.

Tales cuentas contrastan radicalmente con lo que pasa en Colombia, en donde no ha existido la voluntad política de meterle el diente al asunto. Aunque en su momento la creación del régimen de ahorro individual fue visto como la salida correcta, la coexistencia con el de prima media genera desequilibrios notorios, entre otras razones porque los beneficios de uno y otro son muy dispares.

Para colmo de males, el esquema público actual es insuficiente y regresivo. Aparte de que solo uno de cada tres colombianos en edad de retiro está en el grupo de los pensionados, estos se concentran en los estratos más altos. De tal manera, el faltante que en el 2018 ascenderá a más de 38 billones de pesos y será cubierto por el presupuesto nacional, acaba subsidiando a los más ricos y no a los más pobres.

En conclusión, no solo la estructura actual es muy costosa, sino que los parámetros son inadecuados frente a los estándares internacionales. El envejecimiento de la población solo llevará a aumentar las inequidades, a menos que se haga una cirugía de fondo. La pregunta es quién será capaz de ponerle el cascabel al gato.

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