Ricardo Ávila
Editorial

El año que se perdió

El reporte que entregó la Andi sobre cómo le fue en el 2017 a la actividad manufacturera, muestra que este fue
un ejercicio para olvidar.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
noviembre 29 de 2017
2017-11-29 08:26 p.m.
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Falta todavía un mes para que termine el 2017 y desde ya varios sectores comienzan a hacer balances de un ejercicio que dejó no pocos sinsabores como consecuencia de la desaceleración de la economía. Una de las actividades que se inscriben en el rango de las perdedoras es la industria, según se desprende de lo dicho ayer por la Andi, que dio a conocer los resultados más recientes de la encuesta mensual que responden sus afiliados.

El parte entregado muestra una caída en producción y ventas del segmento fabril, en el acumulado de enero a septiembre. Cuando se excluye de las cuentas el renglón de la refinación de petróleo, la fotografía es peor, con descensos que se acercan al 1 por ciento en el año. A primera vista, la disminución no es grande, pero implica un cambio de signo frente a los registros del 2016. Además, ocho de los trece capítulos analizados muestran una contracción que en dos acápites llega a ser de doble dígito.

Si bien los índices de uso de la capacidad instalada no están tan lejos del promedio histórico, el sentimiento general es que la situación está empeorando. Por ejemplo, ocho de cada diez firmas califica sus pedidos como altos o normales, pero doce meses atrás la cifra era de 87 por ciento. De la misma manera, 24 por ciento de los interrogados dice que sus inventarios son altos, diez puntos por encima de lo anotado en el mismo lapso del calendario pasado.

A la luz de tales respuestas, no debería sonar sorpresivo que el clima de negocios viene en franco deterioro. Si hace un año más de las dos terceras partes de quienes contestaron describió la realidad de su empresa como buena, ahora ese grupo llega al 55 por ciento. Y en lo que atañe a las expectativas, tampoco hay luz al final del túnel, pues apenas 29 por ciento encuentra síntomas de mejoría.

Los factores responsables de ese relativo desánimo son varios. Para comenzar, el más mencionado es la falta de demanda, algo que coincide con una tímida expansión del consumo, sobre todo a nivel interno, de acuerdo con las estadísticas del Dane. Un elemento derivado del anterior son las estrategias agresivas de precios y comercialización, pues con tal de preservar o defender su participación de mercado, muchas compañías decidieron sacrificar márgenes. La tendencia del público en favor de las cadenas que impulsan descuentos y marcas propias, contribuye a esa situación.

A la lista anterior se suma el costo de las materias primas, relacionadas con la tasa de cambio en lo que corresponde a los insumos importados. Factores como el logístico o las conocidas dificultades de la infraestructura, tampoco ayudan, a pesar de que exista un programa de obras en marcha.

Contra lo que podría creerse, el contrabando aparece de séptimo en el orden de importancia de las dificultades. Y no es que este flagelo haya dejado de pesar, sino que es más desafiante la falta de apetito de los compradores que la propia competencia ilegal de bienes traídos de afuera.

Como si esto no fuera suficiente, los reportes correspondientes a octubre generan inquietud. Para ponerlo en cifras concretas, el 67 por ciento de los encuestados por la Andi señalaron que el mes pasado se vieron afectados por un menor apetito por sus productos.

Los indicadores citados dejan en claro que la reactivación no va por el camino que se esperaba. La pregunta que muchos se hacen es cómo evitar un mayor deterioro, pues ahora el objetivo es conseguir que el 2018 se salve.

En tal sentido, y a pesar de que le falten pocos meses, el Gobierno debería volver a sentarse a mirar alternativas para darle un impulso a la industria. Compras oficiales y la aceleración del programa vial son opciones viables en medio de la estrechez, a ver si las manufacturas toman un segundo aire y la recesión logra quedar atrás.

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