Ricardo Ávila
Editorial

Hay que raspar más la olla

El presupuesto nacional del 2018 muestra ajustes que son importantes, pero nada se compara con lo que habrá que hacer de ahí en adelante.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
octubre 19 de 2017
2017-10-19 09:48 p.m.
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Puede ser que la unidad nacional, integrada por las bancadas que han acompañado a Juan Manuel Santos en el Congreso desde su primer mandato, esté resquebrajada, pero esta aún tiene capacidad de sacar adelante lo que se propone. Así quedó claro el miércoles en la noche cuando los parlamentarios cercanos a la Casa de Nariño le dieron luz verde al proyecto de ley que contiene el presupuesto general para el 2018.

A pesar de las críticas de la oposición, los parlamentarios apoyaron un plan de gastos por 235,6 billones de pesos que representa un aumento del 1 por ciento, frente al del año que termina. El monto es igual al que propuso en un comienzo el Ministerio de Hacienda, aunque diferentes partidas experimentaron variaciones en respuesta a las exigencias de diversos sectores y las peticiones de los ponentes que desean congraciarse con su electorado antes de los comicios legislativos del próximo marzo.

Entre lo destacable está que la suma destinada para inversión pública quedó en 40 billones de pesos, lo que significa que en lugar de un bajón inicial del 17 por ciento, el tijeretazo acabó siendo de 3 por ciento. La principal fuente resultó ser el servicio de la deuda, el cual quedó en 48,2 billones de pesos, 3,7 billones menos que en la versión de julio. Recortando aquí y sumando allá se fortalecieron los recursos destinados a la salud, las universidades estatales, el deporte o la agricultura, entre otros.

Una de las carteras que experimentó una disminución acabó siendo la de Defensa, que por años fue la que recibió la mayor tajada. Ahora ese puesto le corresponde a la educación, a la que le corresponderán 37,5 billones de pesos, destinados sobre todo a pagar los sueldos y bonificaciones de los maestros que reflejan lo obtenido tras el reciente paro del sector.

Pero más allá de la distribución del dinero, el mensaje de fondo ratifica que la holgura de otros tiempos definitivamente terminó. Con muy contadas excepciones, ningún ministerio quedó contento con su porción, pues las necesidades desbordan con creces el espacio disponible.

Entender la dura realidad es clave, sobre todo para aquellos que aspiran a ganar la carrera por la Presidencia de la República. Quien quiera que sea triunfador necesita saber que el margen de maniobra es mínimo, por no decir nulo.

Así las cosas, prometer que se pueden bajar los impuestos puede servir para ganar votos pero es una afirmación que raya en la irresponsabilidad. Tampoco tiene mucho asidero hacerle creer a la gente que es fácil encontrar ahorros si se saca el bisturí y se termina la repartición de ‘mermelada’.

Semejante impresión sale de mirar las matemáticas. Sin deuda, el presupuesto del próximo año asciende a 187,3 billones de pesos, de los cuales 107 billones se van en transferencias a las regiones que no se pueden tocar sin meterle mano a la Constitución. Las demás partidas grandes son personal (casi 31 billones), gastos generales (7,7 billones) e inversión (40 billones).

Por lo tanto, cuadrar las cuentas a las malas exigiría una disminución de la nómina, además de obligar a las entidades oficiales a apretarse el cinturón varios puntos. Más complejo sería tocar programas que van desde ‘Familias en Acción’ hasta ‘Adulto Mayor’, pasando por los subsidios de energía y gas o ‘Ser Pilo Paga’.

Lo anterior no tiene en cuenta que la ley que estableció la regla fiscal obliga a que el déficit en las finanzas públicas caiga más, en casi un punto del Producto Interno durante el ejercicio del 2019, algo que equivaldría a cerca de nueve billones de pesos de hoy. Con razón, varios congresistas dijeron esta semana que la olla está raspada. Lo que no advirtieron es que dentro de un año habrá que rasparla todavía más, si queremos preservar la reputación de que aquí se mantiene en orden la casa.

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