Ricardo Ávila
Editorial

Las puertas del diálogo abiertas

En el encuentro entre Trump y Santos, los mandatarios tendrán la oportunidad de hablar sobre los puntos más importantes de la relación bilateral.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
mayo 17 de 2017
2017-05-17 08:52 p.m.
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Washington está caliente, y no solo por cuenta de las temperaturas superiores a los 30 grados centígrados, pronosticadas para estos días. El clima político en la capital estadounidense se encuentra en nuevos máximos, debido a los episodios que tienden un manto de duda en torno a las relaciones entre la administración actual y el régimen de Vladimir Putin.

La entrega de información confidencial a Rusia, el despido del director del FBI, los vínculos no aclarados con el Kremlin y la acusación de que la Casa Blanca trató de obstruir la acción de la justicia, son los ingredientes de un coctel cada vez más tóxico, que puede hasta poner en peligro la permanencia de Donald Trump en su cargo.

Es en medio de ese complejo contexto que sucede la visita oficial que ayer comenzó Juan Manuel Santos en la ciudad bañada por las aguas del Potomac. Programada desde hace varias semanas, la agenda comprende citas con líderes del poder legislativo, el sector privado y la academia, además de altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos.

El plato fuerte, por supuesto, será servido esta tarde cuando ocurra la entrevista de una hora de duración en la oficina oval. Tras haber conversado telefónicamente un par de veces, en meses recientes, Trump y Santos tendrán la oportunidad de hablar cara a cara sobre los puntos más importantes de la relación bilateral.

El ambiente, a primera vista, es favorable. A comienzos del mes fue aprobado en el Capitolio norteamericano una ley de carácter presupuestal que,con apoyo bipartidista, incluyó un paquete de ayuda para Colombia por 450 millones de dólares. La suma no solo es importante por su cuantía, sino porque renueva el compromiso del Tío Sam con un país que es considerado un caso de éxito dentro del establecimiento estadounidense. Los supuestos resquemores con respecto al proceso de paz con las Farc no se vieron, pues hay partidas orientadas a apoyar el posconflicto.

Lo anterior no quiere decir que todo esté bien. El aumento en el área sembrada de coca en territorio colombiano es motivo de preocupación, sobre todo para un gobierno de derecha que quiere aplicarle mano dura al tráfico ilegal de narcóticos. Hay todavía un margen de credibilidad frente a la política de erradicación a cargo del Ministerio de Defensa y la de sustitución en manos de la Casa de Nariño, pero la expectativa es que las promesas para el año se cumplan, así los resultados del primer trimestre hayan sido alentadores.

No obstante esa inquietud, el tono de la reunión en la Casa Blanca debería ser cordial.
Tal como sucedió con los presidentes de Perú o Argentina, que estuvieron en Washington antes que el mandatario colombiano, lo previsible es que se reiteren los vínculos de amistad binacionales y las promesas de cooperación conjunta. Venezuela encabeza la lista de las preocupaciones de uno y otro lado, por lo cual ocupará un espacio importante en la charla.

Tal vez el asunto más espinoso de todos sea el económico. A pesar de que la balanza comercial es ampliamente favorable a Estados Unidos, Trump sigue obsesionado con renegociar los pactos existentes con el fin de buscar condiciones más ‘justas’.

Todo apunta a que el comienzo de las discusiones con México y Canadá, orientadas a revisar el tratado de América del Norte (más conocido como Nafta, por sus siglas en inglés), es inminente. Entre los muchos puntos de discusión está el de las reglas de origen, relacionado con la proporción de componentes de terceros países en un bien, para que existan los beneficios arancelarios. Si se cambian las proporciones, los estadounidenses buscarán modificar pactos similares, lo cual podría golpear nuestras exportaciones de confecciones, por ejemplo.

Para que tales riesgos no se conviertan en realidad, es clave mantener abiertas las puertas del diálogo. Esa es la importancia de la visita a Trump, que tiene cada vez más dolores de cabeza. El objetivo es no convertirnos en uno y, al mismo tiempo, evitar que Washington nos cause una jaqueca.

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