Ricardo Ávila
Editorial

Los costos escondidos

La variación en la jornada laboral es atractiva desde el punto de vista de la política, pero puede llevar a un mayor desempleo.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
junio 15 de 2017
2017-06-15 09:10 p.m.
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Con regocijo en unos sectores y dudas en otros, fue recibida la noticia sobre la aprobación por parte del Senado de una reforma a la jornada laboral sin recargos, que en la versión de esa corporación irá hasta las nueve de la noche y no hasta las diez como opera ahora. Falta la conciliación con el articulado salido de la Cámara, que llega más allá, pero todo indica que el texto de ayer será el que reciba la luz verde.

En cualquier caso, el sector privado no está contento con el resultado. Tal como lo han señalado los voceros gremiales, vendrá un importante aumento en los costos laborales, centrado en aquellas actividades intensivas en mano de obra como hoteles, restaurantes y servicios de celaduría, en donde se suele trabajar en horarios extendidos. La industria tampoco ve bien el tema, pues termina la posibilidad de contar con dos turnos de ocho horas en igualdad de condiciones, algo que puede llegar a afectar la competitividad de algunos segmentos.

A su vez, las organizaciones sindicales están de plácemes, pues se desmonta parcialmente la Ley 789 del 2002 que cambió el esquema de recargos que operaba hasta ese momento, aunque la esperanza era regresar a las seis de la tarde. Para esa época, la tesis que triunfó en el Capitolio fue la de establecer un sistema que hiciera menos oneroso el enganche de personal y contribuyera a reducir el desempleo, cuyas tasas al comenzar el siglo eran las más altas de América Latina.

La discusión sobre si la medida acabó siendo determinante para bajar los índices de desocupación no cesa. Sin embargo, las estadísticas muestran una evolución favorable en estos años, que se expresa en tasas de desempleo de un dígito y, no menos importante, en un descenso de la informalidad. Aunque en este último caso, la baja en las cargas parafiscales sería el factor clave, el mensaje central es que existe una correlación entre lo que vale contratar a una persona con todas las prestaciones que exigen las normas y el número de vacantes disponibles.

Debido a ello, un sector de los académicos observa con inquietud el asunto de las horas extras. Aunque en abstracto es difícil oponerse a que ciudadanos de diferentes oficios mejoren sus ingresos, la duda es que un costo más elevado conduzca a que la demanda de trabajadores formales disminuya, o, lo que es peor, a que haya despidos que suban el desempleo.

Así, por lo menos, lo asegura un documento que el Ministerio de Hacienda radicó en el Congreso a comienzos de mayo. Con base en un modelo matemático, la entidad aseguró que el recorte de la jornada ordinaria en dos horas llevaría al recorte de 72.000 personas. A su vez, Planeación señala que lo aprobado por el Senado costaría 26.000 empleos. Como consecuencia, los ingresos conjuntos de quienes laboran se reducirían y el efecto sobre el crecimiento económico sería negativo.

Debido a ello, el Ministerio de Comercio se apresuró a señalar los riesgos de cambiar las reglas de juego. La observación fracasó, sin embargo, pues el Gobierno estaba dividido, como lo mostraron los pronunciamientos de la cartera de Trabajo y Hacienda, cuyas posturas eran distintas, mientras la Casa de Nariño le prendía una vela a Dios y otra al diablo.

De hecho, el desenlace tuvo que ver más con política que con otra cosa. Una proposición del senador Álvaro Uribe se impuso y dejó a la administración Santos en el aire. Se comprobó, de nuevo, que en época electoral vale más el populismo, que el análisis serio que exigen ciertas iniciativas.

Tal como sucedió con proyectos como la rebaja a la cotización de salud de los pensionados, o con las semanas requeridas para jubilarse por parte de las mujeres, lo que importa ahora es quedar bien con la galería, así las finanzas públicas salgan golpeadas. Y en lo que atañe al recargo nocturno, nadie asumirá la responsabilidad de una mayor informalidad y un desempleo más alto, si los mayores costos de nómina inciden en que haya menos trabajo, y no más.

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