Ricardo Ávila
Editorial

Mejor pensar que pelear

Si algo falta, es que los dirigentes lleven a pensar en cómo hacer que Colombia sea mejor para todos.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
junio 08 de 2017
2017-06-08 11:24 p.m.
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La frase hizo carrera desde la época del Frente Nacional, el esquema que nació para ponerle fin a la violencia política en el territorio colombiano y por medio del cual los partidos tradicionales decidieron alternarse en el poder. Tras la aparición de Alfonso López Michelsen en el escenario, junto con sus tesis que se oponían a las determinaciones de la dirigencia liberal de la época, una de las maneras de describirlo era que “ponía el país a pensar”.

Ahora, las cosas son distintas. Así lo demuestra el caso de Álvaro Uribe, el dirigente de mayor popularidad en las encuestas, cuyas declaraciones dan origen a debates que distan de tener la altura de otros tiempos. Parafraseando a los lopistas, podría decirse que el líder del Centro Democrático “pone el país a pelear”.

Eso volvió a suceder esta semana, después de que el expresidente habló en un foro que tuvo lugar en Atenas, en el cual dejó en claro que no comparte aquel refrán según el cual ‘la ropa sucia se lava en casa’. Las afirmaciones hechas con respecto a narcotráfico, seguridad o ambiente para el sector privado y la inversión, presentaron un panorama desolador. Además, rompieron de nuevo con aquella regla no escrita de que no se habla mal de Colombia fuera de las fronteras, y menos con datos que más de un analista calificó de cuestionables.

Sin embargo, el hoy Senador fue descrito por sus partidarios como alguien valeroso que no teme a disimular una realidad cada vez más compleja. En pocas palabras, las cosas aquí van de mal en peor e incluyen no solo plena impunidad para los jefes de las Farc, sino el aumento del crimen y el desbordamiento de la corrupción.

En esa manera de ver las cosas, la descripción que se hace de la situación económica resulta a todas luces inquietantes. Esta incluye una actividad productiva en picada, endeudamiento externo sin control, inflación disparada, al igual que el desplome de la inversión local y extranjera. El pesimismo de los consumidores es, bajo ese punto de vista, la consecuencia lógica de un deterioro descomunal que parece no tener freno.

Qué tanto pesan esas apreciaciones en los analistas, es motivo de discusión. No hay duda de que los observadores –comen- zando por las entidades multilaterales– vienen recortando sus pronósticos con respecto al PIB, y que las firmas calificadoras de riesgo muestran señales de impaciencia, debido a la lentitud que se observa en la corrección de varios desequilibrios.

A pesar de ello, todavía recibimos notas aceptables. Es cierto que ya no somos vistos como la niña más bonita del vecindario, pero el ambiente en la región se ha deteriorado tanto que todavía estamos por encima del promedio latinoamericano en lo que atañe a crecimiento. Decisiones impopulares internamente, como la reforma tributaria de diciembre pasado, son consideradas valerosas por fuera.

Debido a ello, aquí no hay una estampida de capitales. De hecho, el margen de riesgo de los bonos que se negocian en el exterior es moderado, mientras que la rentabilidad de los títulos públicos que se transan en el mercado local viene disminuyendo.

En cuanto a recursos, los flujos que han entrado este año con destino a adquisición de papeles muestran un incremento de más de 2.000 millones de dólares. La inversión extranjera directa es menor en estos meses, pero en el 2016 subió 14 por ciento y fue la tercera más grande de la zona.

Hechos como ese sugieren que quienes toman las decisiones de dinero están por encima de la controversia política, y se fijan más en las cifras que en las declaraciones de quienes buscan réditos electorales el próximo año. Ello no obsta para pedir que ojalá el debate, que apenas arranca, sea propositivo y no destructivo. Porque si algo falta, es que los dirigentes lleven a pensar en cómo hacer que el país sea mejor para todos y no solo en acabar con su adversario, con la verdad pasando a segundo plano.

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