Ricardo Ávila
Editorial

Mirar más allá

La discusión sobre el desempleo es intensa, pero nadie parece pensar en los riesgos de la cuarta revolución industrial.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
julio 31 de 2017
2017-07-31 09:36 p.m.
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No cesa la discusión entre algunos economistas interesados por los asuntos laborales en Colombia, tras la publicación de la más reciente información del Dane según la cual el desempleo en el país cayó a nivel nacional en junio, pero subió de manera significativa en las 13 áreas metropolitanas más grandes. El debate, sin duda, es bienvenido porque ayuda a entender qué pasa con un tema que encabeza la lista de preocupaciones del público, según las encuestas, junto con la corrupción o la inseguridad.

Sin embargo, más allá de la controversia puntual, hay una tarea pendiente para los académicos, la cual merece un seguimiento contínuo. Se trata de entender cuáles son los riesgos de mediano y largo plazo que enfrenta el país ante la presencia de la cuarta revolución industrial, algo fundamental en una nación en la cual, como dice el refrán, lo urgente no deja tiempo para lo importante.

La expresión sobre los nuevos vientos que soplan ganó notoriedad hace unos años cuando Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, señaló que la llegada de la computación en la nube, junto al desarrollo de la inteligencia artificial, la robótica o la impresión en tercera dimensión será un factor de cambio que no tiene antecedentes en la historia de la humanidad. Por cuenta de esa situación, una larga lista de profesiones y oficios perderá relevancia, si no ha comenzado a hacerlo desde ya.

El impacto más llamativo se aprecia en la industria, que crea muchas menos vacantes que antes y que en más de una latitud experimenta pérdidas netas. Si antes era clara la correlación entre el nivel de desarrollo de desarrollo y los puestos disponibles en la actividad manufacturera, que le garantizaban un buen ingreso a trabajadores con niveles de educación bajos, esa ecuación no opera como antes.

Hasta ahora, buena parte de la atención se centra en las naciones más ricas, en donde la mayoría de la población siente una gran incertidumbre sobre lo que depara el porvenir, pues la promesa de un empleo bien remunerado de por vida ha comenzado a esfumarse. Parte de los motivos por los que Donald Trump acabó siendo elegido presidente de Estados Unidos es que el candidato republicano interpretó las frustraciones de millones de personas cuya calidad de vida va en retroceso.

En su momento, el mandatario norteamericano le adjudicó la culpa a la globalización, para lo cual propuso medidas proteccionistas. No obstante, diferentes estudios afirman que la verdadera explicación recae en la revolución tecnológica, pues la automatización es una tendencia irreversible para aquellas firmas que desean competir internacionalmente. Y si bien el desempleo en el país del norte se encuentra cerca de sus mínimos históricos, hay muchos que sienten que su bienestar se deterioró para siempre.

Ante los vientos que soplan, las economías emergentes enfrentan otro tipo de desafíos. Uno es que el empleo fabril nunca será tan grande como llegó a pensarse, pero hay uno más inmediato: la posibilidad de que las máquinas realicen labores en las que tenemos ventajas comparativas.

Un renglón en riesgo es el de los call centers, en el cual aplicaciones que responden a comandos de voz y dan información –como las que posee un teléfono inteligente– pueden reemplazar a personas que hacen una reservación, solucionan un inconveniente o dan respuestas de diverso grado de complejidad. Otro es el de las confecciones de bajo costo, pues empiezan a aparecer aparatos que cortan, cosen y entregan una prenda terminada, sin demandar grandes inversiones.

Entender qué sectores generarán vacantes y cuáles no, es definitivo para preparar a los trabajadores del mañana. Lo ideal sería que los candidatos presidenciales que, en cuestión de meses, tratarán de ganar las preferencias de los votantes hagan planteamientos de fondo al respecto, pues si el país no entiende los riesgos y oportunidades que vienen se pueden encontrar con sorpresas desagradables a la vuelta de unos años. Ese es el riesgo de no mirar más allá.

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