Ricardo Ávila No solo destapar la olla 27 de julio de 2017 | Editorial | Opinión | Portafolio
Ricardo Ávila
Editorial

No solo destapar la olla

La lucha contra la corrupción en el país parece haber tomado un nuevo impulso, pero la batalla apenas comienza.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
julio 26 de 2017
2017-07-26 08:40 p.m.
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Han transcurrido unos ocho años desde cuando la corrupción apareció en el radar de los encuestadores en Colombia como un problema en franco deterioro. Escándalos como el del cartel de la contratación en Bogotá o el de Agro Ingreso Seguro alertaron a la ciudadanía sobre la persistencia de esta lacra desde finales de la década pasada, sin que exista la percepción de una mejoría. Según el más reciente Gallup Poll, a finales de junio el 88 por ciento de los interrogados, en las cinco principales capitales, consideraron que la venalidad está empeorando.

No obstante, los avances en materia judicial habían sido relativamente tímidos, hasta que en los últimos tiempos empezaron a destaparse una serie de ollas podridas. El caso más reciente tuvo lugar esta semana, cuando la Fiscalía General de la Nación le remitió copia a la Corte Suprema de Justicia sobre las pesquisas adelantadas con respecto a los pagos irregulares hechos por la firma de construcción brasileña Odebrecht.

Como ya es conocido, la entidad encontró indicios del giro de más de 84.000 millones de pesos a un grupo de personas que incluirían, al menos, tres senadores y un representante a la Cámara. Es de esperar que con el material recibido el alto tribunal comience a hacer las indagaciones del caso, ojalá con la misma diligencia y efectividad que mostró en épocas del proceso 8.000 o la llamada ‘parapolítica’.

La celeridad es fundamental, sobre todo ahora que empieza a calentarse la temporada electoral,que incluye la renovación del Congreso en marzo del 2018 y la escogencia del presidente de la República. Si algo necesita la democracia colombiana para recuperar legitimidad es que se desmonten las estructuras mafiosas que parecen haberse asentado en diferentes instituciones, en algunos casos con el propósito central de financiar campañas cuyo costo supera, con creces, los topes establecidos, y en otros con el fin de enriquecer a dirigentes de todos los pelambres.

Para que las cosas funcionen, el primer paso es la limpieza de aquellas instancias encargadas de adelantar las investigaciones y hacer labores de instrucción que deriven en acusaciones formales. Es alentador que la Fiscalía está dando el ejemplo de desinfectar la casa, algo que requiere continuidad y una buena dosis de valor.

No menos clave es continuar la labor de depuración en la rama judicial. El caso de Jorge Pretelt, quien fuera magistrado de la Corte Constitucional, dejó en claro hasta dónde llegaron los tentáculos de la inmoralidad en el país. Pero la lista de togados bajo sospecha aumenta todos los días, como lo sugieren las más recientes revelaciones en los departamentos de Meta y Cundinamarca.

Una justicia limpia es la única capaz de poner a los corruptos en retirada. Y aunque no se puede ser ingenuo sobre la capacidad de contagio de las malas costumbres, también es cierto que el buen ejemplo cunde. Para una cantidad importante de funcionarios no hay mejor aliciente a la hora de hacer su labor que darse cuenta de que la purga es efectiva y que la sociedad respeta a los que realizan bien su trabajo.

Especialmente importante es que se actúe no solo en el ámbito nacional, sino también en el nivel regional y local. Las investigaciones contra alcaldes y concejales de la sabana de Bogotá, involucrados en decisiones relacionadas con el cambio del uso del suelo para recibir prebendas de los constructores privados, deben llevar a castigos ejemplares. Igual pasa con quienes meten mano en la salud, la educación o las regalías, en municipios y departamentos.

Declarar a Colombia libre de un cáncer que hace metástasis de forma continua, exigirá el esfuerzo de varias generaciones, pues no hay una cura milagrosa. Triunfar sobre la corrupción solo se consigue demostrando que el crimen no paga y enviando a los culpables a la cárcel. En eso consiste el desafío de limpiar la olla podrida, después de destaparla.

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