Ricardo Ávila
Editorial

Para perder el sueño

Más allá de que Venezuela sea capaz o no de reestructurar sus acreencias, el riesgo de una crisis debido a una llegada de refugiados sigue vigente.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
noviembre 13 de 2017
2017-11-13 07:42 p.m.
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Hacía tiempo que una reunión en Caracas no despertaba tanta atención en los mercados financieros mundiales. Y es que la cita de ayer entre tenedores de bonos de deuda venezolana y funcionarios de la administración de Nicolás Maduro, generó una inmensa expectativa ante la impresión de que la otrora economía más próspera de América Latina entraría en cesación de pagos.

Dejar de cancelar sus obligaciones o reestructurar giros bajo un esquema de plazos distinto, son las únicas opciones posibles para el régimen bolivariano. El motivo no es otro que la quiebra de facto de una nación que ha visto desplomarse sus exportaciones por cuenta de la baja en los precios del petróleo, mientras necesita divisas para suplir en el extranjero sus necesidades de comida, medicinas y otros bienes indispensables.

Aunque hace rato que el gobierno chavista no cuenta con los recursos para importar todo lo que requiere –algo que explica la escasez en los anaqueles de tiendas y supermercados–, hasta ahora había optado por comportarse bien a la hora de cumplir con sus acreedores. El motivo principal era el convencimiento de que ganarse el remoquete de moroso puede desembocar en una congelación de los activos en el exterior que posee Pdvsa, la petrolera estatal que es dueña de refinerías y estaciones de servicio en Estados Unidos, además de buques tanqueros.

El problema es que el monto de las reservas internacionales que maneja el banco central viene en picada e incluye inversiones poco líquidas. Por tal motivo, no hay otro remedio que tratar de buscar aire, a pesar de que las sanciones adoptadas por Washington reducen de manera sensible el margen de los inversionistas que hasta ahora habían obtenido elevadas rentabilidades con los papeles del país vecino.

La geopolítica entra en juego, pues Moscú y Pekín le han dado la mano a Maduro, ya sea a cambio de participaciones importantes en proyectos extractivos o de compromisos de envío de crudo que operan como un pago en especie. Aumentar la dependencia venezolana de esas dos potencias puede ser tentador, a sabiendas de que Donald Trump verá con malos ojos esa presencia en su patio trasero.

En cualquier caso, es posible que en el corto plazo exista algún alivio, alentado también por el alza en el precio de los hidrocarburos. Ese factor le servirá al chavismo para mantenerse en el poder ahora que viene de convocar elecciones presidenciales y se enfrenta a una oposición dividida que no cuenta con un solo nombre que aglutine las preferencias de una buena porción de la ciudadanía.

El reto, sin embargo, va mucho más allá. Así Caracas obtenga aire, los males de siempre seguirán presentes. La mezcla de hiperinflación y falta de abastecimiento hacen que la crisis humanitaria que existe al otro lado de la frontera continúe su marcha.

A falta de respuestas efectivas, la única salida para centenares de miles de venezolanos es el exilio. Aparte de los que ya salieron y tienen presencia notoria en múltiples ciudades latinoamericanas, está el riesgo de una migración masiva a través de las fronteras terrestres.

Esa eventualidad es un motivo real de preocupación en Colombia. La semana pasada Juan Manuel Santos afirmó en Londres que el tema le quita el sueño como pocos, pues, aparte del casi medio millón de personas nacidas en Venezuela que ya están en el territorio nacional, puede tener lugar una verdadera crisis de refugiados.

Más allá de rasgarse las vestiduras o dejar que el asunto se vuelva carne de cañón por parte de los candidatos presidenciales, sería ideal tener planes de contingencia diseñados ante un evento probable. Ignorar la alarma equivale a darle la espalda a una emergencia que puede llegar en cualquier momento, así Caracas logre reestructurar su deuda esta vez.

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