Ricardo Ávila
Editorial

Que ese ejemplo cunda

Los escándalos de acoso sexual se multiplican en Estados Unidos. Falta ver si en el país se sincera el debate sobre un crimen que no se denuncia.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
octubre 23 de 2017
2017-10-23 08:27 p.m.
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Han pasado más de dos semanas desde cuando la prensa estadounidense destapó graves acusaciones de acoso sexual contra Harvey Weinstein, productor de Hollywood. El magnate detrás de películas como Shakespeare enamorado renunció a la presidencia de su propia compañía y se encuentra, supuestamente, en tratamiento. Actrices conocidas como Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow se sumaron a los señalamientos, que desató una campaña para que miles de mujeres compartieran experiencias similares.

Que el escándalo siga ocupando las primeras planas, permite albergar la esperanza de que esta vez las cosas sean diferentes. En años recientes ha venido creciendo la conciencia sobre estos comportamientos reprochables en entornos laborales y educativos.

No hay duda de que se trata de una alarmante realidad cuya extensión apenas se está empezando a dimensionar. Constituye un trato vejatorio en el que un superior jerárquico hace requerimientos sexuales no consentidos a un subordinado bajo amenaza contra su situación o sus oportunidades futuras de empleo. Aunque en la mayoría de los casos, el superior es un hombre y la subordinada una mujer, la clave está en el uso de su poder como jefe.

Casos como el de ahora han sido un secreto a voces en los más variados sectores de la economía, en muchos países. No se reducen a un asunto de la industria del cine y a la relación de ejecutivos o estrellas y aspirantes a actores o actrices. Por ejemplo, el Valle del Silicón, el epicentro de innovación tecnológica en California, también ha sido escenario de situaciones similares. Uno de los factores en la caída del fundador y presidente de Uber, Travis Kalanick, fue un reporte que detallaba una cultura corporativa que estimulaba el acoso dentro de la compañía.

En los medios masivos de comunicación norteamericanos también se han presentado sonados escándalos del mismo tenor. Roger Ailes, presidente de Fox News, salió de su cargo por una acusación de una periodista, así como el famoso presentador Bill O’Reilly. Similar destino sufrieron Roy Price, presidente de la división fílmica de Amazon y Mike Cagney de la financiera SoFi. Las más diversas actividades, desde el entretenimiento hasta la tecnología, e incluso la política, cuentan con casos que ratifican que existen ambientes que reproducen estos comportamientos.

La tolerancia de las juntas directivas de las multinacionales a estas fallas éticas de sus directivos, que incluyen acoso sexual, racismo y fraude, parece estar agotándose. Un reciente reporte de la firma PricewaterhouseCoopers muestra que el 5 por ciento de los despidos de presidentes en las 2.500 empresas más grandes del mundo entre el 2012 y el 2016 responden a conductas reprochables. Tales escándalos se han identificado como un riesgo de reputación tangible para la élite empresarial.

En Colombia no son tan públicos los destapes de prácticas similares. Esto no quiere decir que muchos empleados no estén viviendo una película de horror en su sitio de trabajo. A pesar de que existe la Ley 1257 del 2008 que tipificó el acoso sexual, en la cultura nacional persiste un silencio sobre estos temas, y los índices de denuncia son muy bajos. La respuesta en Twitter de muchas colombianas a la campaña #YoTambién confirma la presencia de esas situaciones y lo fuertemente extendidas que están.

El acoso sexual debe ser abordado con mayor franqueza dentro de todos los estamentos. Mecanismos eficientes y transparentes de denuncia, además de una pedagogía intensa sobre estos comportamientos son un paso en la dirección correcta. Cualquier avance en la concientización necesita orientarse hacia romper la percepción de que dichas situaciones son normales. Mucho más fácil decirlo que hacerlo, pero ya otros países están cambiando. Falta que ese ejemplo cunda aquí.

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