Ricardo Ávila Una visión equilibrada 23 de mayo de 2017 | Editorial | Opinión | Portafolio
Ricardo Ávila
Editorial

Una visión equilibrada

Que la economía colombiana tiene fortalezas, es algo que no se discute. Pero también tiene debilidades que deben aceptarse.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
mayo 22 de 2017
2017-05-22 09:42 p.m.
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Ayer la Casa de Nariño fue el escenario de rigor para la posesión de tres funcionarios de alto nivel: Superintendente Financiero, Director de Planeación Nacional y un codirector del Banco de la República, con lo cual dicho cuerpo queda con los siete cupos completos.
La ocasión acabó siendo utilizada por Juan Manuel Santos para decir que “hay 10 razones por las cuales podemos ser optimistas de cómo vamos a terminar el Gobierno. Estamos empeñados en terminar con broche de oro”.

La lista es interesante porque revela la manera en que piensa el mandatario para sostener que las cosas están mejor de lo que cree el público en general y sostienen algunos analistas. Los puntos mencionados abarcan elementos puntuales, al igual que temas estructurales sobre los cuales es difícil estar en desacuerdo.

Para comenzar, el jefe del Ejecutivo habló de la disminución en la tasa de inflación, que en abril se ubicó en 4,7 por ciento, algo más de la mitad del 9 por ciento observado en julio del 2016. Acto seguido, se refirió al positivo desempeño de los sectores financiero y agropecuario durante el primer trimestre, cuando la economía mostró una expansión de 1,1 por ciento.

A lo anterior se sumó la mejora en la confianza de los consumidores a lo largo de los últimos tres meses, al igual que la reducción en las tasas de interés a las cuales se negocian los títulos de deuda. Esa menor rentabilidad exigida podría interpretarse también como una muestra de confianza de los inversionistas.

En sexto lugar, Santos habló de los indicadores sociales como la pobreza multidimensional o la resiliencia del empleo, combinada con una mejora en los índices de informalidad. De otro lado, citó el cierre de la brecha externa, pues todo indica que el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos será sustancialmente menor este año gracias, en parte, al repunte de las exportaciones.

Para cerrar su decálogo, el Presidente aludió a la inversión como proporción del tamaño de la economía, cuyas cifras son las más elevadas de la región y que ahora deberían mejorar en el caso del sector de hidrocarburos. Por último, habló del presupuesto destinado a la educación en este ejercicio y a las posibilidades que vienen de la mano de la paz.

A ojos de un espectador desprevenido, los argumentos son difíciles de debatir. El problema es que presentan una visión parcializada de una realidad que, para estar completa, necesita complementarse de manera franca con las debilidades, que son las que obligan al Gobierno a adoptar correctivos con rapidez.

De tal manera, es encomiable la baja en el ritmo de la carestía, pero preocupante que cuando se excluyen los alimentos de la cuenta, el dato de abril sea peor que el previo. En lo que atañe al PIB, no se puede desconocer que cinco de nueve actividades a las que se les hace seguimiento mostraron caídas entre enero y marzo.

A su vez, la confianza de los consumidores es mayoritariamente negativa, mientras que el desempleo urbano es considerablemente más elevado que en el 2016. Las ventas externas suben, pero después de una inmensa descolgada y gracias, ante todo, a la recuperación de los precios del petróleo.

Y en lo que corresponde a la inversión privada, el parte de los expertos no es del todo tranquilizador. Las perspectivas del ramo petrolero se ven oscurecidas ahora por la conflictividad social que se expresa en el cierre de centenares de pozos en un par de campos de Ecopetrol. Para completar, el esfuerzo en educación es loable, pero hay un paro de maestros en marcha, sin solución a la vista.

Todo lo anterior es simplemente una revisión desordenada de planteamientos que requieren un examen más detallado. No hay duda de que la economía tiene fortalezas, pero lo importante es entender las inquietudes de quienes consideran que las cosas no están tan bien como dice la Casa de Nariño.

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