Ricardo Ávila

La ruta de la diplomacia

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
diciembre 18 de 2014
2014-12-18 12:27 a.m.
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Este miércoles, cuando en intervenciones casi simultáneas, Barack Obama en Washington y Raúl Castro en La Habana anunciaron el restablecimiento de los canales de diálogo bilateral suspendidos durante más de medio siglo, la reacción fue ampliamente positiva en todo el mundo. Quizás la excepción más notoria fue la de un puñado de legisladores norteamericanos que representan a comunidades integradas por exiliados cubanos, pero ello no empañó el regocijo por el fin de un verdadero anacronismo.

Tal como se encargó de recordarlo la Casa Blanca, se trata de cambiar una política impuesta antes de que la mayoría de los habitantes actuales del planeta hubieran nacido. En el interregno, Estados Unidos ha tendido lazos diplomáticos con China o Vietnam, naciones que albergaron a algunos de sus más enconados enemigos, mientras que el planeta asistió el entierro de la Guerra Fría y la caída de la Cortina de Hierro.

Adicionalmente, es claro que el objetivo de la estrategia, como era el aislamiento del régimen comunista y su eventual caída, ha sido un fracaso. En dos semanas, los hermanos Castro completarán 56 años en el poder, para lo cual han jugado hábilmente la carta de su lucha contra el imperialismo.

Desde hace años, diferentes analistas venían señalando que la aproximación correcta hacia Cuba era el acercamiento. Bill Clinton lo intentó, pero sus ensayos fueron frustrados por sectores extremistas. Los mandatarios republicanos, a su vez, no pudieron liberarse de las ataduras impuestas por el ala más radical de su partido.

Finalmente, Obama lo logró, con el apoyo de Canadá y del Vaticano, cuya mediación en secreto fue clave. Aparte de los detalles del acuerdo, que incluyó la liberación de prisioneros de uno y otro lado, lo trascendental es la determinación de abrir embajadas en las respectivas capitales, en un tiempo relativamente corto. Tampoco es menor el desmonte de ciertas restricciones al uso de tarjetas debido y crédito, el envío de remesas, los viajes o la traída de productos desde la isla.

Falta, claro está, el obstáculo más grande. Este consiste en el levantamiento del bloqueo, ratificado por una ley aprobada por el Congreso estadounidense en 1996. Hasta tanto la norma no se derogue –y eso será imposible por ahora, dado el balance de fuerzas en el Capitolio–, la tarea no estará completa.

Sin embargo, sería un error menospreciar la significación del paso dado. Al retomar la vía del diálogo se abre un escenario distinto, de consecuencias todavía impredecibles, pero que le mueve el piso a más de un régimen latinoamericano.

Así ocurre especialmente con el de Nicolás Maduro, que apenas el lunes organizó una multitudinaria marcha en Caracas para protestar contra las sanciones que Washington está a punto de imponerle, en la cual no faltaron los insultos. Ayer, en Argentina, el líder bolivariano habló de la “valentía” de Obama, un calificativo que nunca le había dado.

Aunque todavía es prematuro hablar de las piezas del ajedrez que están en movimiento, es indudable que Estados Unidos mejora su prestigio en la región, justo cuando la influencia de Venezuela va en declive. La caída en los precios del petróleo tiene con las manos atadas al sucesor de Hugo Chávez, quien por ahora subsidia con crudo barato a Cuba y a varias islas del Caribe, pero que se enfrenta a una inmensa presión interna.

Por otra parte, hay que analizar lo ocurrido en un contexto de tiempo mucho más amplio. Sin desconocer la longevidad de los Castro, tarde o temprano llegará el momento de un relevo en el manejo de los asuntos gubernamentales en La Habana. Cuando eso ocurra, Estados Unidos será un interlocutor legítimo que tendrá la posibilidad de influir mucho en el futuro del modelo revolucionario. Y eso será posible porque supo aceptar, finalmente, que con la estrategia adoptada en 1961 sencillamente no iba para ninguna parte.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto
 

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