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Ricardo Ávila
Editorial

Un motivo de vergüenza

Justo cuando la tasa de pobreza cayó a mínimos históricos en América Latina, la región confirmó que es la de mayor violencia global.

Ricardo Ávila
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Ricardo Ávila
febrero 07 de 2017
2017-02-07 07:30 p.m.
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América Latina se destaca en el mundo por muchos factores: la juventud de su población, su diversidad cultural y geográfica o los inmensos recursos naturales con que cuenta. Al mismo tiempo, la región tiene también el dudoso honor de encabezar otras clasificaciones que son motivo de verdadera vergüenza.

Una de ellas es el escaso respeto por la vida humana. Un reporte del Banco Mundial, dado a conocer este martes, señaló que somos el área más violenta del mundo, con un índice de asesinatos de 23,9 por cada 100.000 habitantes. Dicho indicador es dos veces y media el de África, o nueve veces el de Asia. Con el 8 por ciento de la población del planeta, fuimos responsables del 37 por ciento de los homicidios totales en el 2013.

Con razón, solamente una decena de países de la zona están por debajo del nivel que la Organización Mundial de la Salud describe como endémico: menos de 10 asesinatos por cada 100.000 habitantes. En el otro extremo se incluyen ocho naciones cuyas cifras equivalen a las de un país en conflicto. Puesto de manera, vivimos en una especie de guerra no declarada contra el delito, la cual deja 1,5 millones de víctimas fatales año tras año.

Más grave todavía es que la tendencia es hacia el empeoramiento. Justo en la misma época del 2003 al 2011, cuando los índices de pobreza y miseria a lo largo y ancho de Latinoamérica cayeron a la mitad y la desigualdad se redujo en 7 por ciento, el deterioro se hizo más notorio. En cuestión de una década, la realidad se encargó de rebatir la teoría de que a mayor prosperidad y progreso social, mayor tranquilidad.

Según el Banco Mundial, en la
lista de las 50 ciudades con más homicidios en el planeta, hay 42 urbes latinoamericanas.

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El epicentro del problema está identificado. De las 50 ciudades más violentas del mundo, 42 se encuentran ubicadas en la región. San Pedro Sula y Caracas encabezan las clasificaciones, pero la lista de casos problema es mucho más amplia e incluye a un buen número de capitales colombianas. Las aglomeraciones urbanas son epicentro de la actividad económica, pero también de los mayores crímenes y de los casos más patentes de degradación.

En medio de tan complejo panorama, Colombia parece ir en otra dirección. De una tasa de homicidios de 80 por 100.000 al comenzar el siglo, bajamos a 27,9 en el 2015, según las Naciones Unidas.

Ya no estamos de primeros en las listas globales, lo cual no es poca cosa. Aun así, hace un par de años quedamos en el lugar número diez, y si se acepta el dato oficial del 2016 –de 24 asesinatos por cada 100.000 habitantes–, habríamos quedado en la posición 14, con un promedio muy cercano al de América Latina en su conjunto.

Explicar el por qué en la región el flagelo de la muerte a bala o a cuchillo se siente más que en otras latitudes, es algo que tratan de hacer los analistas. La presencia de organizaciones ilegales, dedicadas al microtráfico o la extorsión –como las pandillas o ‘maras’ que azotan a El Salvador– es una razón, al igual que la desintegración institucional que favorece la corrupción judicial y la inefectividad de la justicia, como ocurre en Venezuela.

El costo del crimen es inmenso. Un trabajo del BID, aparecido la semana pasada, afirma que las pérdidas asociadas a la violencia oscilan entre 2,4 y 3,5 por ciento del Producto Interno Bruto de los países del área, lo cual equivale a un monto que estaría entre 115.000 y 170.000 millones de dólares, liquidados a los tipos de cambio del 2014.

Si bien las estadísticas disponibles no permiten hacer distinciones entre las muertes atribuibles a la delincuencia organizada y la presencia de riñas, o venganzas personales, el mensaje de fondo es que América Latina no será viable si no se aplica a controlar esta hemorragia. En lo que atañe a Colombia, la realidad es menos angustiosa, pero todavía estamos a una enorme distancia de Chile o Uruguay, cuyos índices de violencia son equiparables a los de los países desarrollados.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

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