Ricardo Ávila
Editorial

Un último aire

Faltan todavía 17 meses para que concluya el actual Gobierno, algo que obliga al Presidente a retomar el control de la cosas.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
marzo 20 de 2017
2017-03-20 03:34 p.m.
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Aunque hace mucho que Juan Manuel Santos no goza del favor de la opinión pública, no hay duda de que el Presidente atraviesa los días más aciagos de su mandato. Aparte de la caída en los índices de aprobación que muestran las encuestas, las revelaciones sobre los pagos de Odebrecht ponen en duda para sus enemigos la legitimidad de la campaña que lo llevó a la Casa de Nariño en el 2010, mientras que con respecto a la del 2014 hay preguntas todavía sin respuesta.

Diferentes reportes hablan de la soledad de quien encabeza el Poder Ejecutivo, cuyo círculo se ha hecho cada vez más estrecho. En la medida en que se acerca el 7 de agosto del 2018 esa sensación se hará todavía más notoria, no solo porque decenas de personas abandonarán el barco en busca de otros rumbos, sino porque la lealtad comienza a decaer tan pronto la luz de otras llamas empieza a hacerse más intensa.

Un diagnóstico de los problemas de la administración muestra que no cuenta con un verdadero equipo unificado.

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Para colmo de males, la convicción de haber sido traicionado por gente cercana, golpea el ánimo de Santos. A lo anterior se suma el bajón emocional, después de haber acompañado a Germán Vargas Lleras a numerosos actos de inauguración de obras con las cuales este último se despidió de la vicepresidencia. Más allá de la difícil personalidad del futuro candidato, su excompañero de fórmula sabe que lo conseguido por el que fuera el número dos del Gobierno encabeza la lista de hechos de mostrar por parte de la administración.

Todo lo anterior se combina con una oposición implacable, que hace rato dejó atrás el camino de la confrontación política y a la que le anima ante todo el odio. Lejos de enfriarse, las afirmaciones que hacen personas que en otras ocasiones posaron de ecuánimes comienzan a parecerse a las que se encuentran en la cloaca de las redes sociales. Ya no importa el debate democrático, sino la destrucción del adversario, algo inquietante en un país que muestra las cicatrices que en más de una oportunidad le ha dejado la polarización.

Si estuviéramos en la recta final de la carrera electoral, la cosa sería menos grave. El problema es que faltan todavía 14 meses para la primera vuelta presidencial y casi 17 para el cambio de mando. Por lo tanto, y tras descartar de mano la posibilidad de una renuncia, al Premio Nobel no le queda otra opción que recuperar las riendas del Ejecutivo, así se resigne a esperar que el veredicto de la historia sea más benévolo que el de la ciudadanía.

Un diagnóstico de los problemas de la administración muestra que más que un equipo unificado, en el Gabinete hay un conjunto de individualidades, la mayoría de pobre desempeño. Los reportes provenientes del interior de la administración hablan de falta de rumbo y desorden, sin que instancias de coordinación como el Consejo de Ministros funcionen de manera apropiada.

El tema no es nuevo, pero ahora pasa por una etapa crítica, en la medida en que más de uno piensa en sus intereses y no en los del Gobierno. Desde hace tiempo diversos analistas advirtieron del riesgo que acompaña un estilo gerencial en el que prima la delegación de temas clave, con resultados que en más de una ocasión son mediocres, sin que a sus responsables les suceda nada.

Por lo tanto, la única opción es tratar de buscar un último aire en esta etapa final. Aparte de traer gente nueva a una serie de carteras, la Casa de Nariño requiere volver tomar el control con el fin de conseguir que lo que anda bien no se descarrile y lo que anda mal se pueda arreglar.

Un ejemplo de ello es el riesgo de que la locomotora de la infraestructura se frene por cuenta de la falta de señales que tienen nervioso al sector financiero y la escasa capacidad de control a la gestión de los consorcios. Para que la economía no resulte ser otra víctima de la coyuntura, la única salida es hacer ajustes que funcionen y reencontrar el rumbo perdido. Porque la opción de seguir como vamos no le conviene sino a los que aspiran a pescar en río revuelto.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
Twitter: @ravilapinto

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