Ricardo Ávila

Lo que vale la pena

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
enero 06 de 2014
2014-01-06 11:30 p.m.
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Cuando el fin de semana pasado el Dane reportó que la inflación en Colombia durante el 2013 había llegado a 1,94 por ciento, su nivel más bajo en el año completo desde cuando se comenzó a medir la evolución de los precios de la canasta familiar por parte del Banco de la República hace casi seis décadas, el júbilo en el Gobierno no se hizo esperar.

“Es una gran noticia para el bolsillo de los colombianos”, escribió en su cuenta de Twitter el presidente Juan Manuel Santos.

En su mensaje, el mandatario hizo referencia a un hecho cierto.

En la medida en que el costo de los bienes y servicios que consume la población aumenta menos que los ingresos nominales, el poder adquisitivo de los hogares sube o, para ponerlo en términos coloquiales, la plata rinde más. Tal es el motivo por el cual una de las piedras angulares de la política económica en cualquier parte del planeta es meter en cintura a la carestía.

En la búsqueda de dicho objetivo, el Banco de la República –cuyo mandato constitucional respecto a este tema es contundente– recibió una importante ayuda.

El capítulo de alimentos que tiene un peso del 28 por ciento entre los distintos grupos de gasto analizados, mostró un incremento anual de apenas el 0,86 por ciento, el cual equivale a una tercera parte de lo registrado en el 2012.

Las causas fueron varias.

De un lado, el clima fue benévolo con lo cual los trastornos atribuibles, a heladas, sequías o lluvias en exceso fueron mínimos. En consecuencia, las cosechas fueron abundantes, lo que se sintió en las cotizaciones de productos como el tomate, que bajó casi un 32 por ciento, la yuca, con una caída del 21 por ciento, o el fríjol y las naranjas, cuya reducción fue del 16 por ciento.

Adicionalmente, los diferenciales entre lo que valen algunos bienes básicos en Venezuela y Ecuador, frente a su nivel en Colombia, llevó a la entrada de importantes cantidades de comida de contrabando.

El caso más notorio fue el del arroz, cuyo descenso llegó al 13 por ciento. A lo anterior hay que agregarle la contracción generalizada en los precios de los productos primarios en el mundo, que se sintió en la factura de importaciones como maíz y soya.

Dicha circunstancia también se notó en los combustibles y, por ende, en el transporte. Este grupo de gasto estuvo por debajo del promedio, con una variación del 1,4 por ciento.

Un reporte favorable fue el que entregaron, así mismo, vestuario y diversión, en los cuales las alzas vistas bien podrían calificarse de moderadas.

La otra cara de la moneda estuvo en cuatro ramos concretos: salud y educación, con subidas del 4,4 por ciento cada una, y comunicaciones y vivienda, con alzas del 2,7 por ciento.

Si bien tan solo esta última tiene una ponderación alta, las dos primeras despiertan una sensibilidad particular. Por ejemplo, el hecho de que las pensiones escolares y las medicinas hayan experimentado saltos respectivos del 5,2 por ciento anual, arreciará las críticas en torno a ambos servicios y la necesidad de controlar sus reajustes.

Pero más allá de ese debate, la pregunta de fondo es qué tan significativo es que la inflación se haya ubicado por debajo del 2 por ciento. Al respecto, los analistas señalan que aparte del número en sí, que fue el resultado de un bache puntual que no durará mucho, lo importante es que el asunto de los precios no es un dolor de cabeza, como sí ocurre en otras partes de América Latina.

Más significativo aún, es que las expectativas se encuentran bajo control y que estas se ubican entre el rango establecido por el Banco de la República como meta de largo plazo, que está entre el 2 y el 4 por ciento anual. En la medida en que dicha entidad preserve su credibilidad y las alzas oscilen dentro de los parámetros establecidos, la política económica tendrá más holgura para impulsar el crecimiento. Y eso es lo que realmente vale la pena.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

Twitter: @ravilapinto

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