Ricardo Ávila

Las vías de hecho

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
Editorial
POR:
Ricardo Ávila
agosto 28 de 2015
2015-08-28 03:30 a.m.
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A medida que pasan los días y la compleja situación que existe en la frontera colombo venezolana se prolonga, lo que era inusual comienza a volverse normal. Más de un habitante cercano a la línea limítrofe acepta que el cierre del paso al vecino país puede demorarse semanas, si no meses, y que las restricciones que hoy golpean a Norte de Santander se llegarían a extender a La Guajira o Arauca.

De forma paralela, los deportados que reciben la ayuda estatal o quienes prefirieron huir antes de someterse a los vejámenes de la Guardia Nacional, se resignan gradualmente a dejar atrás lo que llegaron a construir en tierra extranjera y contemplan la posibilidad de empezar una nueva vida. Todos esperan que las promesas hechas por el propio Juan Manuel Santos se conviertan en realidad, incluyendo las ayudas monetarias, las plazas laborales o la posibilidad de aspirar a una vivienda.

Es verdad que más de uno anhela que las cosas fueran como antes. Siempre existe la posibilidad de que la diplomacia logre abrir las puertas que están clausuradas, para que los vínculos rotos temporalmente se restablezcan.

Sin embargo, es mejor no pensar con el deseo. Tal parece que el propósito de Nicolás Maduro de crear un lío externo, con el fin de distraer a la ciudadanía de las dificultades propias del día a día, ha rendido sus frutos. Jugar con la xenofobia y los enemigos imaginarios siempre ha sido una de las estrategias de las tiranías, y esta no parece ser una excepción a la regla.

Otra cosa es qué tanto kilometraje le saca la administración chavista a su nueva estrategia. La pregunta es válida porque mientras aumentan las violaciones a los derechos humanos de los migrantes colombianos, la realidad en Venezuela solo da trazas de empeorar.

El motivo no es otro que las cotizaciones del petróleo, la principal fuente de divisas del régimen venezolano. Aun si ayer los precios del crudo reaccionaron, el alivio es mínimo para una economía que se caracteriza por sus desequilibrios y que importa tres cuartas partes de los alimentos que consume.

Las cuentas disponibles, revelan que las reservas internacionales se ubican en algo más de 15.000 millones de dólares, la suma más baja en años. Debido a ello, la disponibilidad de divisas es muy reducida, con lo cual la escasez de bienes de primera necesidad ha aumentado.

Mientras eso ocurre, la inflación hace estragos en el poder adquisitivo de la gente. Si bien las estadísticas oficiales se dejaron de publicar hace rato, diferentes sondeos ubican las alzas en un rango de entre 150 y 200 por ciento anual, uno de los más altos del mundo.

La situación llega al extremo que el billete de más denominación, el de 100 bolívares, equivale a menos de 15 centavos de dólar a la tasa del mercado paralelo. Ante ello ya se anunció la llegada de nuevas denominaciones con el fin de evitar que la población tenga que cargar fajos de efectivo a la hora de hacer mercado u otras compras.

Claro que en algunos casos, el dinero rinde mucho, como en aquellos bienes que se encuentran implícitamente subsidiados o que no suben de precio. Entre esta última categoría no hay aberración mayor que la de la gasolina, cuyo valor es el mismo desde 1996. Al cambio actual, el costo de un galón equivale a 15 pesos, es decir unas 550 veces menos que en Colombia.

Semejante disparidad estimula un comercio ilegal de grandes proporciones, el mismo que corrompe a las autoridades locales y regionales de ambos países y que favorece la existencia de las bandas criminales. Ese no es el único problema que existe, pero es el más grave. Y la manera de combatirlo no es cerrando los puntos de intercambio y comunicación formales, sino cooperando, desarrollando acciones combinadas y usando la inteligencia. Pero tal parece que esta escasea en quien prefirió la opción de las vías de hecho.

Ricardo Ávila Pinto

ricavi@portafolio.co

@ravilapinto

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