Ricardo Ávila

Más que una vivienda

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
febrero 14 de 2013
2013-02-14 02:03 a.m.
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El pasado lunes marcó un hito en el Gobierno de Juan Manuel Santos. En el municipio vallecaucano de Pradera, el mandatario entregó oficialmente las primeras 91 casas gratis del programa de 100.000 soluciones de vivienda gratuitas para los más pobres. En una administración criticada por su lento ritmo de ejecución, el arranque de la ambiciosa iniciativa, a menos de un año de su lanzamiento, es una buena noticia.

El esfuerzo gubernamental de 3,3 billones de pesos para que desplazados, damnificados y beneficiarios de la Red Unidos tengan techo responde a una inocultable realidad. De acuerdo con el documento Conpes del programa, hay 2,8 millones de familias que tienen ingresos inferiores a 1,5 salarios mínimos al mes y no son propietarias de su vivienda. Cerrar esa brecha sería casi imposible de resolver sin un apoyo del Estado.

No obstante, hay críticas que aún se mantienen. Estas tienen que ver tanto con el mecanismo de selección de los beneficiarios como con el carácter gratuito de las casas. La brecha entre nuevos propietarios y solicitantes es tan grande que una inmensa mayoría se quedará sin una solución. Por más técnica, aleatoria y blindada contra el clientelismo que sea la metodología de adjudicación, muchos hogares que merecerían el subsidio no lo recibirán. De hecho, en Pradera fueron detectados 13 ‘colados’ que ya tenían vivienda. La pregunta es si la magnitud de los desafíos en política social debe conducir a la parálisis o al intento de diseñar soluciones, por más incompletas que sean.

La gratuidad es un debate tanto técnico como de valores. “No regales el pescado, sino enseña a pescar”, dice el proverbio bíblico. Sin embargo, la discusión es más compleja que esas máximas, por sabias que parezcan. ¿Qué hacer ante un grupo poblacional cuyos ingresos no permiten el ahorro requerido para tener una casa? ¿Acaso la definición misma de la vulnerabilidad no implicaría unas condiciones donde el subsidio en especie hace la diferencia?

Otro aspecto más espinoso es el de la equidad entre este grupo de hogares pobres, a sabiendas de que un esfuerzo así es insostenible: ¿por qué unos deben ahorrar para su vivienda y otros no? Asimismo, hay quienes se interrogan sobre el necesario complemento urbanístico que estas construcciones deben tener como equipamentos básicos, accesos de movilidad, zonas verdes e, incluso, seguridad. En el caso del Valle, el Gobierno anunció importantes donaciones de la empresa privada. ¿Será así en cada uno de los municipios beneficiados o estaremos recorriendo el camino hacia decenas de futuros guetos?

A lo anterior hay que agregar los ataques de corte político. Con un presidente en camino casi seguro hacia la reelección, entregar miles de casas gratis es interpretado como una jugada populista. De hecho, el ministro Vargas Lleras, en ocasiones acompañado de Santos, ha recorrido el país poniendo “primeras piedras” de cientos de proyectos.

Y el asunto despierta urticaria. No habían pasado 24 horas del acto oficial de entrega cuando ya se había dado el primer pulso con el expresidente Álvaro Uribe. Por eso, el mejor blindaje está en el método técnico de la adjudicación, aceptando que el rédito electoral de obras de corte social es inevitable.

Sin embargo, y más allá de las elucubraciones, todo indica que las casas gratis deben acelerar su ejecución. Hoy, de las 100.000 propuestas, solo hay 508 terminadas, 78.228 en ejecución y 21.264 sin iniciar, según datos del Ministerio del ramo.

Tampoco hay que olvidar que la iniciativa de subsidios no es una política integral de vivienda, cuya meta es de 1 millón de unidades en el cuatrienio. A la entrega de casas rurales del Ministerio de Agricultura se deben sumar acciones en Vivienda de Interés Social y atención a población pobre. Igualmente, hay que resolver cortocircuitos en otros frentes, siendo el de Bogotá el más urgente, aunque no el único.

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