Eduardo Aldana Valdés

Concentración en las ciudades capitales

Eduardo Aldana Valdés
POR:
Eduardo Aldana Valdés
mayo 20 de 2013
2013-05-20 01:56 a.m.
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De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Anónimo.

Bogotá tenía menos de 100 mil habitantes en 1900. Cien años después, cerca de ocho millones de personas vivían o trabajaban en ella. Un fenómeno similar ocurrió en las otras grandes capitales y aun en ciudades provinciales, como Ibagué, que de pequeños pueblos multiplicaron su población de 40 a 80 veces, para pasar a ser urbes desorganizadas.

Este espacio no permite presentar una explicación completa del fenómeno. Digamos que la concentración de los poderes político y económico está en su origen.

El problema no reside en el tamaño de la población de la ciudad, sino en su tasa de crecimiento y en la capacidad de soporte de su ecosistema natural. Un ejemplo claro es el de Bogotá, con su caos de movilidad y la escasez extrema de tierra apropiada para vivienda.

Las consecuencias de esta situación son explicadas por el profesor Jay Forrester, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en su libro Urban Dynamics, a partir de la teoría de “la fuerza de atracción relativa”:

Dada la libertad de migración, ningún lugar puede preservar, en el largo plazo, una fuerza de atracción superior a la de otros lugares. Un corolario de esta teoría es la aparición de efectos negativos. Tales son los resultantes de programas como ‘Bogotá sin hambre’, la desequilibrada inversión en obras públicas, y la financiación privilegiada en las capitales de la educación y la salud, que atraen masas de inmigrantes, en su mayoría pobres. Esa pobreza los obliga a vivir en cinturones de miseria que contribuyen al desorganizado crecimiento de las metrópolis y al desbarajuste de los servicios públicos. Sus hijos no hallan las oportunidades de estudio y trabajo que soñaban y, golpeados por la frustración y el rompimiento de las familias, se ven forzados a recurrir a la informalidad o a las actividades por fuera de la ley, con elevados costos para ellos y el resto de los ciudadanos.

El futuro de las grandes ciudades está demarcado por dos extremos: igualarse por abajo, al dejar que las cosas sigan su curso y deterioren la calidad de vida de sus habitantes, o igualarse por encima, al promover, en alianza con la nación, el progreso integral de los pueblos y las ciudades de su área de influencia. Como capitales territoriales, ¿qué camino deben seguir?

La pobreza extrema y la desigualdad se erradican con el desarrollo integral de las comunidades, y este es un requisito indispensable para una paz estable, como lo indicó el papa Pablo VI. ¿Están dispuestos nuestros dirigentes políticos a comprometerse con el vigoroso esfuerzo requerido? Si no lo hacen, no les queda bien hablar de paz.

El desarrollo es una creación colectiva y requiere comunidades capaces de hacerse cargo de sus destinos. El actual Plan Nacional de Desarrollo enfatiza la reducción de la pobreza y cuenta con los recursos de los fondos del nuevo sistema de regalías. Sin embargo, bajo el pretexto de la nula idoneidad de las regiones para manejarlos, los interesados en usufructuarlos abogan porque se gestionen desde Bogotá. Así tome años, hay que seguir el camino correcto: fortalecer la institucionalidad local y regional, y empoderar a sus habitantes.

Eduardo Aldana Valdés

Profesor universitario

ealdana@uniandes.edu.co

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