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Desde hace algún tiempo, las señales disponibles en el tablero de control de la economía colombiana venían apuntando hacia una desaceleración del Producto Interno Bruto.
Tanto el coletazo de la compleja situación internacional como la pérdida de la dinámica del consumo interno sugerían que la meta de crecimiento –fijada en 4,5 por ciento– para el 2012 sería difícil de alcanzar.
Dicha impresión no ha hecho más que afirmarse, tras la publicación de los más recientes datos relativos al comportamiento de la industria y el comercio.
En el caso de la primera es cada vez más notoria una situación de estancamiento, pues el ramo manufacturero apenas registró un incremento del 0,6 por ciento entre enero y mayo.
Y en lo que tiene que ver con el segundo, la cifra de ventas es un poco más alta, del 3,5 por ciento, aunque se encuentra muy lejos de la observada en igual periodo del 2011.
Si a lo anterior se le agrega que la extracción de petróleo se ha visto golpeada por los atentados terroristas y que la actividad constructora no pasa por un buen momento, es difícil mostrarse muy optimista sobre el futuro cercano ante la falta de un sector líder que tenga efecto multiplicador sobre los demás.
La mayoría de firmas especializadas ha venido recortando calladamente sus pronósticos sobre el PIB, de manera que las apuestas se ubican cerca del 4 por ciento.
Reconociendo que un número de ese tenor es bueno cuando se compara con la recesión que se vive en Europa, tampoco da para hacer ferias y fiestas.
En particular, porque los avances que se habían hecho en la lucha contra el desempleo podrían cambiar de signo, como se infiere de los resultados de la gran encuesta de hogares aplicada en mayo.
En respuesta, el Gobierno tiene todavía algunos ases bajo la manga. El principal es revisar la marcha de las conocidas locomotoras de la prosperidad con un ojo más crítico que el que se encuentra en los discursos oficiales.
Una vez más, vuelven a aparecer los conocidos síntomas de una baja ejecución presupuestal, a pesar de los importantes recursos disponibles.
Adicionalmente, existen obstáculos que impiden que ciertas actividades despeguen, ya sea –para citar un par de casos– por cuenta de la demora en la aprobación de las licencias ambientales o en la reglamentación de más de una ley, aún pendiente del decreto correspondiente.
No obstante, la actitud de la Casa de Nariño se parece a la de aquella máxima del fútbol que asegura que “la mejor defensa es el ataque”. En plena época de rendición de cuentas, tanto Juan Manuel Santos como sus ministros se han dedicado a exhibir las realizaciones hechas en dos años de administración, mientras que los dardos han caído en campo contrario.
Así ocurrió por lo menos el pasado 20 de julio, cuando en su discurso de instalación del periodo de sesiones del Congreso, el Presidente volvió a hacerle un llamado en voz alta al Banco de la República para “que estudie una disminución en las tasas de interés y evalúe una compra más agresiva de dólares para aumentar nuestras reservas internacionales”.
Aunque dicha petición es válida, no soluciona todos los problemas. Además, pone en la mira al Emisor, que siente coartada su independencia.
Si responde afirmativamente, accedería a los deseos del mandatario, pero, si se queda quieto, da la impresión de que no le importa la salud de la economía.
Por tal motivo, más le convendría al Gobierno trabajar hombro a hombro con la entidad, con el fin de ponerle un tatequieto a la revaluación del peso, que es el problema que más aqueja a los industriales, según la encuesta de la Andi.
Las experiencias de Brasil y Perú deberían servir para que uno y otro pongan de su parte, y jalen la cuerda para el mismo lado.
De lo contrario, las recriminaciones servirán poco en un país que ve cómo el viento en contra sopla ahora con más fuerza, ante lo cual hay que remar juntos y en igual dirección.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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