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En momentos en que la situación de la economía mundial concentra la atención global, los líderes del G20 celebraron su cumbre anual en Los Cabos, México.
El llamado Grupo de los 20 está conformado por los jefes de Gobierno de las siete principales naciones industrializadas junto a una docena de países emergentes.
Concentran entre todos el 85 por ciento del PIB del planeta, así como las miradas ante la difícil coyuntura que el mundo entero está hoy atravesando.
El séptimo encuentro de este poderoso club se llevó a cabo a pocos días del anuncio del rescate bancario a España y de las elecciones griegas. Estados Unidos y las economías emergentes llegaron con la exigencia a las potencias europeas, y en especial a Alemania, de una solución a la crisis del euro.
Las dificultades del Viejo Continente amenazan con arrastrar al resto del mundo a una recesión generalizada.
En particular, crece la percepción de que la fórmula de apretarse el cinturón que ha impulsado la canciller Ángela Merkel está agotada y que se requieren cambios drásticos de política.
La postura germana favorece los ajustes fiscales, los recortes presupuestales y las reformas estructurales como el camino para que las economías de Irlanda, Portugal, Grecia y España se recuperen.
De hecho, en México, la dirigente alemana le pidió a su homónimo, Mariano Rajoy, mayor claridad sobre los detalles y términos del rescate a su sistema bancario.
Sin embargo, previo a la cita de Los Cabos, las voces que proponen una salida para Europa basada en más gasto y estímulos han venido ganando cada vez mayor respaldo. Washington se ha convertido en el promotor más activo de esta apuesta.
Por motivaciones puramente ligadas a su campaña de reelección, Barack Obama es hoy la contraparte de Merkel, y así quedo demostrado en la cumbre del G20. Hace una semana el mandatario norteamericano se atrevió a vincular las posibilidades de un triunfo suyo en las urnas con el mejoramiento de la situación europea.
Y no se equivoca: a pesar de que se evitó un desplome peor que en años anteriores, la economía estadounidense sigue siendo incapaz de generar el nivel de empleo necesario.
Como resultado, la oposición republicana liderada por Mitt Romney se mantiene muy competitiva para los comicios de noviembre.
En México, la tradicional disyuntiva volvió a quedar sobre la mesa: la draconiana austeridad liderada por Alemania o la inversión pública para dinamizar el crecimiento y la demanda.
La diferencia es que ahora, preocupada por su propio futuro político, la Casa Blanca presiona a Europa para que asuma paquetes de estímulos y de generación de empleo. Los efectos no se demoraron en sentirse. De la cumbre surgió un compromiso para “compatibilizar el equilibrio presupuestario con la reactivación del crecimiento”, en palabras Merkel.
Si bien los países europeos insistieron en la necesidad de diseñar una “respuesta dentro de la Eurozona” y rechazaron la intromisión de sus socios del G20, quedó en evidencia que no les quedará más remedio que incluir programas de reactivación.
De hecho, lo más probable es que del próximo Consejo Europeo salga un plan que combine la unión fiscal en el Viejo Continente, así como un paquete de revitalización económica
En medio de este trascendental debate, el encuentro de Los Cabos contó con la presencia del presidente Juan Manuel Santos. Colombia recibió junto a Chile, Benín, Camboya y Etiopía una invitación especial de parte del anfitrión mexicano.
El primer mandatario presentó a esta veintena de líderes las lecciones de la recuperación colombiana a la crisis de finales del siglo pasado.
Al mismo tiempo, sostuvo importantes reuniones bilaterales donde consiguió el apoyo del Gobierno francés a la aspiración de ingresar a la Oecd. La participación de Santos se integra con coherencia a su política exterior: la entrada de Colombia a espacios diplomáticos donde anteriormente no era tenida en cuenta.
Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
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