Felipe Villar Stein
Columnista

Hiperpaternidad, mal de nuestra época

Felipe Villar Stein
Opinión
POR:
Felipe Villar Stein
julio 06 de 2016
2016-07-06 08:30 p.m.
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El término hiperpaternidad es bastante rebuscado. Sin embargo, describe muy bien un fenómeno que las familias de hoy padecen y es el que se ha venido acuñando en la literatura en los últimos años. Hay padres que están llevado su responsabilidad de crianza al extremo y los extremos son perjudiciales.

Primero les comparto algunos síntomas: niños con horarios copados de lunes a lunes con clases de taekwondo, chalanería, piano, tutorías, lectura rápida, pintura, cocina, fútbol, inglés, francés o chino-japonés de lo más antiguo; vacaciones con cursos de verano de lunes a viernes y actividades para el fin de semana para que no se aburran; casas a prueba de cualquier peligro, como mesas de centro con puntas redondeadas, tomas eléctricas tapadas con plásticos, barreras en las escaleras, terrazas enmalladas; papás que visitan una vez al mes o más el colegio para hablar con algún profesor y preguntar el porqué de una nota, de un trabajo o del desempeño general del hijo; notas semanales o aun más frecuentes al director de grupo que van desde preguntas pertinentes sobre cómo ayudar a su pequeño a mejorar en sociales hasta opiniones avezadas en las temáticas, pedagogía, currículo y demás asuntos del proceso educativo; madres y padres que hablan con los amiguitos de sus hijos para saber por qué no los escogieron para su equipo en un recreo. Son tan solo algunos ejemplos que pueden indicar que en su casa se sufre de este mal.

La raíz del problema la encontramos en la válida y sensata preocupación de los padres de preparar adecuadamente a sus hijos para el futuro, protegerlos de los males del mundo y las desventuras de la vida. Sin embargo, si se lleva al extremo los resultados son terribles. La consecuencia de la sobreprotección (otra manera menos sofisticada de decir lo mismo) son niños inútiles, sin capacidad de gestionar sus riesgos o de tomar decisiones. Una y otra vez, vemos estudiantes que dependen de tutores externos, que desarrollan intolerancia a la frustración, que no hacen sus tareas, que no estudian por sí mismos, que no son capaces de resolver conflictos cotidianos.

¿Qué mensaje recibe una niña de 6 años cuyos padres intervienen en cada situación de conflicto con otros niños de su edad? Pues que para eso están los papás: para resolver sus problemas. Y peor aún, ¡que ella no tiene necesidad de desarrollar esa habilidad social! ¿Cómo creen que va a actuar un joven de 15 años al que lo rechaza su primer intento de conquista, cuando es la primera vez que la vida no funciona como él quiere? Pues con una depresión profunda, porque nunca antes había estado enfrentado al fracaso directamente. Hasta ese momento había tenido unos “padres maravillosos” que le procuraron todo el tiempo el bienestar y le evitaron el dolor de una decepción, el rechazo o el fracaso.

Para el desarrollo de ciertas habilidades sociales como la empatía, resolución de conflictos y liderazgo, son necesarios el fracaso y la frustración. Como padres debemos permitir que nuestros hijos se equivoquen y ¡cuanto antes mejor! Debemos permitir que los niños vayan tomando decisiones pequeñas, acordes a su edad y que cuando se equivoquen, la situación se aproveche para reflexionar, aprender y crecer. Por ejemplo, si vamos a salir con nuestra hija de 5 años al parque y a pesar del frío ella se empeña en no llevar saco podemos permitirle este pequeño fracaso. A los 10 minutos, cuando nos pida el saco, debemos tomarnos unos instantes (antes de darle el abrigo que hemos traído sin que se diera cuenta) para reflexionar sobre qué pasó, por qué pasó, y ayudarle a que concluya qué debe hacer en el futuro ante una situación similar. Es decir, hay que aprovechar para enseñarle a construir criterio. Si queremos niños que se desenvuelvan en un mundo tan complejo y competitivo como el actual no podemos caer en la hiperpaternidad.

Felipe Villar Stein
Director General del Colegio San Mateo Apóstol

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