Gabriel Rosas Vega

Aprovechar las oportunidades

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
mayo 15 de 2008
2008-05-15 12:34 a.m.
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"Esta guerra puede durar otros 50 años, a menos de que se haga un esfuerzo considerable para ingresar al campesino a la economía del país". No son palabras mías; son de Bruce Bagley, profesor de la Universidad de Miami, experto en cuestiones colombianas.

Acudo a la cita como introducción, no porque crea que con ella voy a convencer a los citadinos a ultranza sobre las bondades de las políticas orientadas a rescatar el campo, sino simplemente para mostrarles la importancia que le otorgan los analistas foráneos del acontecer nacional al tema rural.

Es extraño, pero es verdad: los colombianos, pese a que las cosas nos las pasan por las narices, no nos damos por enterados de las oportunidades y las desaprovechamos en forma frecuente.

Por eso, ajustándome a una locución muy popular: 'cansa tanto que hasta seca un papayo", insistiré una y mil veces sobre la necesidad y la urgencia de brindarle atención prioritaria a la política rural y a todo lo que tiene que ver con el trabajo en el agro.

Para que se entienda mi obstinación -adquirida en el estudio sistemático de la realidad nacional y en mi paso por el Ministerio de Agricultura-, resulta pertinente que ponga a los lectores al tanto de los factores que la alimentan y refuerzan.

A pesar de que se demoró en tomar cuerpo en nuestro medio, en la década de los setenta -en la segunda mitad- se formalizó con insistencia en muchos países una práctica ingenua y dañina para el sector agropecuario, que con el correr del tiempo se ha fortalecido y ha penetrado en segmentos de población que no fueron sus inspiradores originales.

Tal práctica, postula la obsolescencia de las producciones de alimentos tradicionales en nuestro medio y la conveniencia de adquirirlos donde ellos se encuentren a más bajos precios.

Esta forma de ver al sector desconoció las distorsiones, intervenciones y transferencias, al mismo tiempo que las situaciones de dumping que tanto han alterado y alteran el funcionamiento de los mercados internacionales, pero por sobre todo, despreció el complejo significado y el aporte de lo agrario.
Y ahí está lo más grave; la práctica en cuestión dejó en el camino un patrimonio de desarrollo formado a través de décadas y olvidó que el progreso rural es una construcción social compleja, para lo cual se necesita ciencia, tecnología, material genético, extensión, información, inversiones, insumos, financiación, organización, servicios, industria, infraestructura, regulaciones, acción privada, acción pública, universidades.

Es un hecho que la tentación de sacrificar la agricultura ha estado ligada a propósitos explícitos o implícitos como los siguientes:

1. Quemar divisas importando alimentos subsidiados o de agriculturas exportadoras con amplia dotación de recursos.

2. Pagar precios menores por los alimentos.

3. Aceptar distorsiones de los mercados mundiales de productos agrícolas como una realidad estructural con la que hay que convivir.

4. Estimular la movilidad de la mano de obra hacia actividades de mayor productividad. ¿Por qué impulsar el desarrollo del campesino como productor si su problema se resuelve y se disuelve, en el mercado laboral y si, además, sus productos se pueden conseguir en el exterior?

5. Confiar en la generación de una estructura agraria de gran escala, fundada en enormes complejos agroindustriales o agro exportadores y con amplia participación de la inversión externa.

6. Estimular la inversión externa en los sectores extractivos y de servicios, induciendo directa o indirectamente el sacrificio del agro.
Como muy buena parte de lo descrito ha ocurrido en el país, es tiempo de cambiar de táctica si no queremos desaprovechar la oportunidad que nos brinda el nuevo panorama agrícola del mundo, sujeto a la presión de una mayor demanda de nuevos consumidores y al uso de insumos de origen primario para la producción de combustibles.

El plato está servido.

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