Gabriel Rosas Vega

¡Ay, colegas!

Hay que buscar formas de comunicar nuestros conocimimientos más comprensibles.

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
mayo 25 de 2011
2011-05-25 11:59 p.m.
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Gracias a la amabilidad de los directivos de Fedesarrollo, tengo el privilegio de asistir a los foros y a los eventos de carácter académico que realiza, para debatir y analizar diversos temas de contenido económico.

Sin falta recibo las invitaciones de la institución a la que tanto admiramos los economistas.

Justamente el viernes pasado se llevó a cabo un seminario cuyo sugestivo título fue ‘Cómo evitar la maldición: manejando la riqueza de los recursos naturales en América Latina’.

El propósito era examinar los motivos por los cuales para algunos países la disposición de recursos naturales implica una especie de conjuro maldito, pues los resultados de su manejo terminan siendo un desastre.

Para ilustrar el punto basta revisar las trayectorias de Venezuela y Nigeria, que teniendo grandes posibilidades de avanzar en el proceso de desarrollo, han retrocedido de manera dramática.

Empero, hay que hacer claridad sobre el hecho de que no se puede interpretar el fenómeno como consecuencia automática de la disposición de los recursos, sino, por supuesto, por el mal diseño y el manejo de la política económica. Con todo, no es este el tema que quiero tratar; mi interés va en una dirección más sencilla: el problema que entraña el abstruso lenguaje que utilizan los colegas en sus exposiciones.

Es evidente que una conversación entre médicos es casi misión imposible para una persona medianamente estructurada entenderla y extraerle su contenido. Suelen estar tan llenas de tecnicismos que las posibilidades de sacarles provecho son reducidas. Hago esta referencia de los galenos porque es el ejemplo típico de la exclusión de los demás seres humanos mediante su práctica de comunicación oral.

Pues bien, a juzgar por lo que está pasando con los colegas economistas, es algo muy parecido a lo que ocurre con el cuerpo médico. La valorización de los conocimientos se hace mediante un sofisticado lenguaje técnico que difícilmente los propios economistas comprenden.

Me dirán quienes piensan de manera distinta que para evitar la invasión de teguas en la ciencia –en este país cualquiera que habla de inflación queda graduado de economista–, es necesario darle mayor jerarquía a la especialidad y una forma de hacerlo es elevando el lenguaje.

Aunque quisiera aceptar el argumento, me resisto a aceptarlo por la sencilla razón de que la economía es algo que afecta a todos los seres humanos y cuanto más sencilla o simple resulte su compresión mayores posibilidades de lograr buenos resultados existen. A esto me contraargumentarán algunos: el caso de la medicina es igual ¿no afecta a todos? Es verdad, pero en ese evento son los médicos exclusivamente quienes curan las enfermedades.

En economía, cada individuo es un agente activo del proceso, motivo por el cual no es uno o un pequeño grupo de especialistas los encargados de curar al paciente; la sociedad entera participa de la ‘sanación’ del cuerpo económico.

Así, entonces, si la gente no sabe o no entiende qué es una variable idiosincrática, efectos fijos para la endogeneidad, instrumento para la endogeneidad por causalidad reversa o hechos estilizados, pues se queda en ‘babia’. Tengo claro que hay expresiones que no tienen traducción a un lenguaje más simple; no obstante, debemos buscar unas formas de comunicar nuestros conocimientos más comprensibles.

No trato con el comentario, por supuesto, de desacreditar el magnífico evento, por cierto bien ilustrativo y útil; simplemente buscar el mejor provecho de trabajos académicos y eliminar el ¡Ay, colegas!

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