Gabriel Rosas Vega

Educación: ¿hasta cuándo las disculpas?

Uno de los desafíos de la reforma a la educación es el efecto potencial en la equidad de la oferta,

Gabriel Rosas Vega
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Gabriel Rosas Vega
diciembre 16 de 2010
2010-12-16 12:54 a.m.
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Hace pocos días, un informe de una agencia internacional, especializada en cuestiones educativas, daba cuenta de la mala calificación que los alumnos colombianos de diferentes establecimientos obtuvieron en pruebas orientadas a medir la calidad de la educación.

 

En matemáticas y lectura, principalmente, los resultados fueron desastrosos. Los muchachos no entienden lo que leen y las matemáticas les causan sarpullido -ni siquiera intentan aproximarse, pues le tienen hasta fastidio y miedo-. Ante semejante chasco, la pregunta obligada es: ¿qué le pasa al país en este campo si todos los días y a cada rato hablamos sobre el tema? Aparentemente, no existe explicación lógica, ni razón válida para estar tan mal.


Sin embargo, poniéndole un grado de sinceridad a la discusión, de salida debemos reconocer dos cosas: primero, que muy poco hacemos por mejorar de manera sustancial la calidad de la oferta académica; y segundo, que a pesar de la expansión del sistema educativo, se aprecia que el acceso a una buena formación sigue siendo muy segmentada por estratos socioeconómicos.

 

En lo que toca con el primero, es evidente la deficiente preparación de profesores y maestros que, engolosinados siempre con la reivindicación de sus derechos laborales y con el fortalecimiento del sindicato que los agrupa -ha llevado a algunos de sus representantes al Congreso de la República, con malos resultados-, se niegan casi sistemáticamente a mejorar su perfil profesional. Con relación a esta afirmación algunos replicarán, con razón, por cierto: ¿cómo pretenden mejorar la formación, si las universidades o centros especializados en el tema dejan mucho que desear en cuanto a calidad académica? Eso es cierto, pero además, son múltiples los casos en los que, cuando los bachilleres quedan al borde del fracaso, se prenden de las escuelas normalistas como último recurso.

 

Así, entonces, mala calidad de la preparación, más poco respeto o precaria consideración hacia los docentes, igual a pobres avances del sistema educativo y paupérrimos progresos en logros de la población.
En cuanto al segundo, es preciso anotar que la persistente desigualdad en el acceso a la educación, asociada al estrato social de origen, indica que en gran medida las oportunidades quedan determinadas por el patrón de desigualdades prevaleciente en la generación anterior.

 

Además, el incremento del promedio de años de escolaridad de los jóvenes durante los últimos años, en comparación con las de los padres, ha sido insuficiente para mejorar las oportunidades relativas de los jóvenes de estratos sociales pobres.


Visto el asunto desde la perspectiva de la equidad, uno de los desafíos de la reforma a la educación es el efecto potencial en la equidad de la oferta, en el rendimiento escolar y en las posibilidades de inserción productiva en el futuro. Sin duda, es imprescindible que cualquier reforma tenga un mayor impacto en términos de los logros educativos de los estratos pobres, lo que exige medidas que influyan en las condiciones tanto de la oferta como de la demanda educativa.

 

Es necesario intervenir en el sistema formal para reducir la segmentación anotada; y, por otra parte, mejorar las condiciones de la demanda de los sectores más desfavorecidos, es decir, las circunstancias bajo las cuales se accede al sistema educativo de los estratos más rezagados y sus posibilidades de capitalización a través de este. Aunque los temas son muchos y muy variados, a los colombianos nos cabe la obligación de encarar el problema de la educación con la mayor decisión y dejarnos de sacar disculpas a toda hora y por todo.
 

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