Gabriel Rosas Vega

Educación incluyente

Para que la política social sea efectiva, las acciones que se emprendan deben contemplar la inclusión como factor fundamental.

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
marzo 21 de 2013
2013-03-21 02:42 a.m.
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Como bien es sabido, para que la política social sea efectiva, es condición que las acciones que se emprendan contemplen siempre la inclusión como factor fundamental. Esto implica que se debe tomar como referencia la inclusión de los sectores de menores ingresos, aquellos cuya condición económica los ubica por debajo de la línea de pobreza y de miseria.

El cumplimiento de este requisito es clave, pues la no inclusión implica crear una categoría de marginados más difícil de manejar y trabajar. Si en educación, por ejemplo, los niños nacidos y criados en hogares paupérrimos no son incluidos en los programas de formación, terminan siendo una carga adicional para la sociedad, dado que entran a ser parte de una clase adicional de marginados.

Convencido de que algo está fallando en el aspecto social, sin ser especialista en la materia, juzgo necesario llamar la atención sobre el error que, a mi juicio, se está cometiendo con la creación de una élite especial, surgida al amparo de la discriminación económica de los aspirantes a ingresar a colegios de alta calificación.

Para decir las cosas con más claridad –exagerando la apreciación–, no encuentro sensato que entrar a un colegio de la máxima categoría sea tan difícil como ingresar a Harvard, M&T, Stanford, NUY o Berckley. Son tantos los requisitos y las condiciones para acceder al cupo, además del alto costo del llamado bono o contribución, que no es otra cosa que una forma de discriminación, basada en la capacidad económica de los aspirantes. Los chiquillos que ingresan saben, de antemano, que sus padres son ricos y, por tanto, poderosos económicamente hablando, lo cual, de hecho, ya es una forma de discriminación por clases de los estudiantes.

Al hacer estas consideraciones, soy consciente de la importancia que para las instituciones educativas tiene la selección rigurosa de los aspirantes a ser parte del conglomerado estudiantil. Sin embargo, esta no es razón suficiente ni del todo aceptable para crear, insisto, la categoría especial de los ‘niños bien’; más, si a las condiciones exigidas se añaden demostraciones externas de solvencia. Me refiero a la situación que se presenta cuando el niño en su hogar ve a diario manifestaciones de riqueza. No es que me ponga en el absurdo de pensar que tener dinero es pecado, pero juzgo que no es conveniente para una política social incluyente la creación de una clase social especial desde la institución donde, se supone, el pequeño va a adquirir los conocimientos y la sensibilidad social que deben guiar su vida.

Si el niño no tiene contacto alguno con las carencias y limitaciones en que viven miles de colombianos, nunca tendrá sensibilidad para participar en actividades orientadas a resolver las crecientes dificultades de muchos. Es del caso aludir a una hipotética conversación entre compañeros de la misma edad: “mañana voy al club a jugar golf y te espero para que luego pasemos al campo de tenis. Los caddies no acabarán de entender por qué a ellos les toca recoger las bolas con las que juegan los niños ricos, lo que no quiere decir que para igualar las condiciones todos recojan bolas y ninguno haga ese trabajo.

No me cabe duda de que algunas de las reflexiones consignadas no caerán bien en el criterio excluyente de algunos de los partidarios de la libertad absoluta y, hasta cierto punto, de la discriminación.

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